Opinión

Un libro de Keegan

Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)

«No estaba yo destinado a ser guerrero», confesaba John Keegan hacia 1993. Para esa fecha, no obstante, se había convertido ya en el mejor historiador militar vivo. Keegan había burlado, pues, su incapacidad para ser soldado (era un lisiado de por vida) mediante su vocación de escribir sobre la guerra. No pudo colocarse las botas; escogió la pluma.

Hizo bien, según sus lectores de todo el mundo. John Keegan fue el que nos acercó verdaderamente a los hombres que luchaban. A diferencia de otros historiadores, que se enfocan en los grandes movimientos tácticos o en los famosos generales, Keegan se centra en la psicología del soldado, en sus miedos y temores, en la ética del guerrero. Su obra más famosa, El rostro de la batalla, es el mejor acercamiento que ha podido hacerse hacia el calor y dolor de un campo de batalla.

Pero quiero comentar su libro más ambicioso: Historia de la guerra. Keegan nunca fue más gigante que aquí; su libro es capaz de dar una lección a antropólogos, sociólogos, políticos, pacifistas y hasta utópicos. Imposible, ciertamente, resumir en unas cuantas palabras ese monumento historiográfico y de alta calidad literaria. Sin embargo, es posible reconocer dos tesis centrales en el libro. La primera: que Clausewitz es el mayor error de Occidente. La segunda: que la guerra es una cultura independiente.

En la visión de Keegan, Carl von Clausewitz postuló una catastrófica idea para el mundo: que la guerra es una continuación de la política. Es decir, guerra y política debían estar fundidas, y esto fue lo que condujo finalmente a la completa militarización de los Estados europeos en el siglo XIX. La debacle era inevitable: en dos guerras mundiales, millones sufrieron las consecuencias de la teoría de Clausewitz.

¿Cómo combatir la tan arraigada concepción de Clausewitz? A eso apunta Keegan con una historia de la guerra. Nos lleva a un viaje por distintas sociedades antiguas, que van desde los primitivos polinesios y su forma ritualizada de hacer la guerra, hasta la política militar moderada de los chinos. Lo que trata de afirmar Keegan es que, si bien es cierto que la guerra es una cultura muy enraizada en el hombre, no se puede afirmar que esta se presenta de un solo modo. Cada cultura humana ha desarrollado una visión particular de la guerra y, retomando esa singularidad, podremos salirnos del canon de Clausewitz.

Uno puede mostrarse escéptico. ¿Cómo se puede superar el modo occidental de hacer la guerra, si es el que única y realmente conocemos hoy? Y lo conocemos más gracias al propio Keegan, quien brillantemente nos explica en su libro cómo Occidente forjó su molde de la guerra. Veamos. Uno: fueron los griegos quienes inventaron la forma de pelear cuerpo a cuerpo hasta la muerte. Dos: los cristianos, imitando a los musulmanes, aceptaron la idea de la guerra santa (hoy llamada guerra ideológica). Tres: Occidente combinó la guerra con la revolución tecnológica. Así, pues, la guerra occidental quedó definida en base a estos tres factores. A muerte, por una ideología y con bombas, es el modo de luchar del mundo moderno. Es lo que, lamentablemente, nos han enseñado y nos enseñan hasta ahora.

Pero Keegan no es un vocero de Ares. A pesar de su amor por las armas, los combates y los símbolos militares, él es un partisano de la paz (es un pacifista realista, le llamaría yo). Cada que lo leo cuando habla de los caídos en la Primera Guerra Mundial, me saltan lágrimas a los ojos. Sus líneas conmueven, como si todos esos muertos le hubieran pedido, en una sola carta, que siguiera hablando por ellos. Por ellos y del horror de la guerra.   

(*) Mag. En filosofía en UNMSM