Editorial

Deslucido Bicentenario

Batalla de Ayacucho:

Sin ninguna programación oficial de mayor trascendencia por parte del gobierno central, hoy se recuerda en todo el país el bicentenario de la gloriosa batalla de Ayacucho,  gesta que oficialmente dio por concluida la etapa virreinal en Perú  con la firma de la Capitulación de Ayacucho.

Cuando se esperaba que este histórico acontecimiento iba a ser  motivo de una celebración a la altura de su significación, ha sido decepcionante comprobar que no es así. Ningún monumento alusivo a la fecha y ninguna actividad de convocatoria nacional han sido anunciados por el gobierno, como si la batalla de Ayacucho no tuviera la  mayor importancia para el Perú y los peruanos.

Los escándalos  y los problemas  extra gubernamentales propiamente dichos, que dominan es escenario político nacional, no tienen  por qué ser una disculpa para obviar la importancia de esta gesta y cometer semejante atropello contra la identidad nacional. No solo nos estamos refiriendo a Palacio de Gobierno y al Congreso de la República, dominados por un canibalismo cada vez más insaciable, sino también al Poder Judicial, a las fuerzas armadas y a las instituciones de la civilidad, para quienes ha quedado en claro que  el sentimiento de peruanidad no pasa por sus mentes, menos por sus corazones.

En un país donde solemos gritar a cada rato “tengo el orgullo de ser peruano”, es irreverente por decir lo menos no traer a la memoria lo que hace doscientos años, en las pampas de Ayacucho,  hicieron Sucre, Arenales, Andrés Rázuri y aquellos peruanos anónimos que derramaron su sangre y ofrendaron sus vidas para dejarnos un Perú completamente libre del yugo español.

Que nada de esto se honre ni se transmita a la población, particularmente a la niñez y juventud en una fecha de tanto valor histórico, es poco menos que volver a perder la batalla. El bicentenario de Ayacucho no merece este olvido.