Opinión

2025: El año que nos puso a prueba

Por: Fernando Zambrano Ortiz

Analista Político

El 2025 fue un año duro. No de esos que se recuerdan por una gran crisis puntual, sino por el desgaste diario. Por la sensación constante de estar aguantando. De levantarse cada mañana, salir a trabajar, cuidar a la familia y volver a casa con la preocupación de si mañana alcanzará, si el barrio estará seguro, si las cosas algún día van a mejorar de verdad.

Lo vi, viví y lo escuché en la calle. En el comerciante que abre su puesto con miedo, mirando a los lados antes de subir la reja. En el mototaxista que ya no trabaja de noche. En la madre que vende en el mercado y guarda el dinero con discreción, no por orden, sino por temor. El Perú del 2025 no se rindió, pero vivió en alerta.

La mayoría aprendió a no esperar demasiado del Estado. Se volvió normal resolver solos lo que debería ser una responsabilidad pública. Organizarnos entre vecinos, cuidarnos entre nosotros, pagar vigilancia, cambiar rutas, cerrar más temprano. Y aunque eso habla de nuestra capacidad de adaptación, también revela una verdad dolorosa: demasiadas veces el Estado no estuvo donde debía estar.

La extorsión golpeó con fuerza al pequeño comerciante y al ciudadano común. No fue una noticia lejana ni un problema ajeno. Fue el mensaje que llegó al celular, la llamada amenazante, el “pago” semanal que se volvió una carga más, el miedo a denunciar porque no hay garantías. Muchos siguieron trabajando no porque fuera rentable, sino porque rendirse no era una opción. Otros cerraron en silencio, sin cámaras, sin titulares, sin apoyo.

La inseguridad dejó de ser excepcional y se volvió parte de la rutina. Cambiamos horarios, bajamos la voz, evitamos ciertos lugares. Aprendimos a vivir con cuidado. Y vivir con miedo no puede ser el destino de un país trabajador.

A esto se sumó el golpe constante al bolsillo. El costo de vida siguió subiendo, y para miles de familias el 2025 fue un año de ajustes forzados. Se recortó lo que se pudo, se postergaron planes, se asumieron deudas. Todo mientras desde la política se hablaba mucho y se resolvía poco.

En ese escenario, la decepción fue creciendo. Demasiadas peleas, demasiadas promesas, muy pocos resultados. La gente empezó a cansarse de escuchar discursos y a exigir hechos. Ya no se pidió perfección, se pidió algo básico: orden, seguridad y autoridades que cumplan su palabra.

Quizá lo más duro del 2025 fue acostumbrarnos a convivir con cosas que nunca debieron normalizarse. La extorsión, la delincuencia, la corrupción, la mediocridad. No porque estén bien, sino porque el cansancio nos fue ganando. Y cuando una sociedad se acostumbra al miedo, algo profundo se rompe.

Pero incluso en ese contexto, algo empezó a cambiar. La gente comenzó a hablar más claro. A perder el miedo a decir que así no se puede vivir. A exigir autoridad, gestión y respeto. Se dejó de creer en la promesa fácil y se empezó a valorar al que demuestra.

El 2026 se acerca con incertidumbre, pero también con una oportunidad. La oportunidad de devolverle tranquilidad al que trabaja, al que emprende, al que sale todos los días a ganarse el pan con esfuerzo. De volver a vivir sin miedo. De construir un país donde trabajar no sea un acto de valentía.

El 2025 nos mostró hasta dónde podemos resistir. El 2026 debería ser el año en que empecemos, por fin, a vivir con dignidad y sin temor.