La limpieza pública en Chimbote atraviesa uno de sus momentos más críticos y delicados. No se trata de una percepción aislada ni de una exageración mediática, sino de una realidad que salta a la vista en calles, avenidas y espacios públicos convertidos, muchas veces, en focos de contaminación. El propio alcalde ha reconocido la gravedad del problema: apenas cinco compactadores operativos para recoger cerca de 400 toneladas de residuos sólidos que se generan diariamente. Una ecuación imposible de sostener en el tiempo sin consecuencias.
Cuando la capacidad operativa es tan limitada, cualquier contingencia una festividad, un feriado largo o una falla mecánica termina por desbordar el sistema. Eso fue exactamente lo que ocurrió ayer en el sector comprendido entre Dos de Mayo y Santo Domingo, donde se acumularon más de dos toneladas de basura desde las celebraciones de fiestas. Montículos de desperdicios expuestos al sol, malos olores, proliferación de insectos y un riesgo latente para la salud pública. Es cierto que recogieron a instancias de las protestas y presencia de la Defensoría del Pueblo.
La limpieza pública no es un servicio accesorio ni secundario; es una función esencial del gobierno local y un componente clave de la calidad de vida urbana. Una ciudad sucia no solo proyecta una mala imagen, sino que afecta directamente la salud de sus habitantes, incrementa la presencia de roedores y vectores, y deteriora el entorno social. Chimbote no puede resignarse a convivir con la basura como parte del paisaje cotidiano.
Es cierto que la actual gestión municipal ha heredado un sistema colapsado, con una flota descuidada. También es cierto que ya se ha anunciado la llegada de nuevos compactadores y la ejecución de un proyecto bajo la modalidad de Obras por Impuestos. Sin embargo, mientras esas soluciones estructurales se concretan, es imprescindible adoptar medidas de emergencia que eviten escenas vergonzosas como las vividas recientemente.
Se requiere un plan de contingencia claro, con rutas reforzadas en zonas críticas, apoyo logístico temporal y coordinación efectiva entre las áreas municipales. No se puede permitir que puntos estratégicos de la ciudad se conviertan en botaderos improvisados durante varios días. La respuesta debe ser inmediata y visible.
Pero la responsabilidad no recae únicamente en la municipalidad. La ciudadanía también juega un rol determinante. Sacar la basura fuera del horario establecido, arrojar residuos en la vía pública o convertir esquinas en depósitos clandestinos es una práctica que debe ser erradicada. Las sanciones anunciadas por la autoridad edil deben aplicarse sin titubeos, porque el desorden no se combate solo con discursos, sino con normas claras y cumplimiento efectivo.
La limpieza pública es, en el fondo, un reflejo del orden y la gestión de una ciudad. Chimbote está hoy en su punto más difícil, pero también ante una oportunidad de corregir el rumbo. No hay espacio para la improvisación ni para la tolerancia frente al caos. La basura acumulada entre Dos de Mayo y Santo Domingo debe quedar como una lección, no como una costumbre. La ciudad exige soluciones urgentes, sostenidas y responsables.

