Opinión

Venezuela no fue invadida: fue capturada desde adentro

Por: Fernando Zambrano Ortiz

Analista Político

Durante años la dictadura venezolana ha instalado la idea de que Venezuela es víctima de una invasión imperialista de Estados Unidos. Pero esa narrativa se cae por su propio peso cuando se observa lo ocurrido en las últimas dos décadas. Venezuela no fue invadida militarmente por EE. UU.; Venezuela fue tomada desde dentro, de manera silenciosa y sistemática, por el aparato político y de inteligencia del régimen cubano.

Hugo Chávez y Nicolás Maduro no lideraron un proyecto nacional autónomo. Fueron piezas funcionales de una estrategia de supervivencia del castrismo. Para Cuba, Venezuela no era un aliado más, sino una cuestión existencial. El petróleo venezolano sostuvo durante años a la isla, financió su proyección regional y mantuvo a flote un modelo que, sin ese subsidio, hoy vuelve a hundirse.

La pérdida de ese sostén económico empuja a Cuba por debajo de su línea de flotación política. Por eso, el eventual colapso del eje Caracas–La Habana no es un fenómeno aislado: si cae Cuba, Nicaragua queda expuesta; Colombia y Brasil entran en mayor tensión política; y el llamado neosocialismo latinoamericano confirma, una vez más, su fracaso histórico, como ha ocurrido repetidamente allí donde ha intentado consolidarse.

Las contradicciones del régimen venezolano son hoy evidentes. La misma vicepresidenta que hace poco se mostraba desafiante, exigiendo la liberación de Maduro y denunciando conspiraciones externas, ahora habla de “transición pacífica” y elecciones. No es un gesto democrático: es una señal de debilidad.

Cualquier transición creíble exige una ruptura clara con quienes usurparon el poder. Un proceso electoral organizado por el propio régimen carecería de legitimidad. El problema central ya no es la soberanía concepto vaciado tras años de corrupción sino la supervivencia de una élite político-militar que amasó fortunas durante las dictaduras de Chávez y Maduro y hoy teme perderlas.

Ese sector no defiende a Venezuela; defiende su dinero. Y por eso se aferra. Pero la historia es clara: las transiciones reales no terminan en impunidad.

Hay, sin embargo, un punto que suele omitirse: Venezuela ya no es solo un problema venezolano. Es un problema regional. Perú, Ecuador, Chile y Argentina han tenido que absorber uno de los mayores éxodos migratorios de la historia latinoamericana. Millones de venezolanos huyeron de la dictadura y la pobreza. Ese éxodo no es marginal: es la oposición venezolana fuera de sus fronteras.

Por ello, la salida a la crisis no puede pensarse solo en clave interna. Se necesita una política regional integrada que permita, cuando existan condiciones reales para elecciones limpias y verificables, el retorno gradual y seguro de miles de venezolanos a su país. Ese retorno no es solo un acto humanitario: es una condición política para la reconstrucción democrática.

A la par, cualquier recomposición institucional deberá enfrentar un tema incómodo pero inevitable: la presencia de operadores extranjeros, especialmente cubanos, incrustados en estructuras políticas y de control. Desmantelar esas redes no es revancha; es recuperar soberanía real.

La experiencia reciente en la región debería servir de advertencia. Durante la pandemia ingresaron a varios países incluido el Perú contingentes de ciudadanos cubanos bajo coberturas sanitarias. ¿Dónde están hoy? ¿Cuál fue su verdadero rol? Son preguntas que siguen sin respuesta.

En este contexto, el endurecimiento de las políticas migratorias frente a Venezuela debe leerse también desde una perspectiva de seguridad política regional, no solo humanitaria. No se trata de estigmatizar al migrante común, sino de anticipar el desplazamiento de operadores y beneficiarios de un régimen en retirada.

La historia latinoamericana enseña que los proyectos autoritarios no colapsan sin efectos colaterales, y que mirar hacia otro lado suele tener costos. Venezuela no es una excepción. Es una advertencia.

La pregunta ya no es si el modelo fracasó. Eso está demostrado.

La pregunta es si la región, esta vez, será capaz de actuar de forma coordinada y aprender de sus propios errores.