Por: Eiffel Ramírez Avilés
La captura de Nicolás Maduro es el centro de atención internacional ahora, en virtud a los diversos problemas que acarrea. Podemos evaluar algunos de ellos.
Para empezar, Nicolás Maduro no tenía la naturaleza de un tirano. Históricamente, los tiranos poseen el carisma (innato o desarrollado) y ello es el gran soporte de su aceptación popular. El carisma, pues, lo tenía Hugo Chávez, algo aprendido de su mentor, Fidel Castro, quien fue uno de los tiranos más carismáticos del siglo XX.
Maduro se mantenía sobre todo por un aparato policial y militar que ejercía, si dudar, la fuerza para reprimir a la población, y además se había cooptado las instituciones venezolanas. Con razón, se le puede llamar un dictador. Moralmente hablando, no era posible mover un dedo por él.
Políticamente hablando, había tres opciones en la mesa para enfrentarlo: otra revuelta popular (con muchas probabilidades de fallar), su asesinato (incontables déspotas en el mundo terminaron ultimados, como Rafael Trujillo en República Dominicana) y la intervención de una potencia exterior. Puedo alinearme hoy con Vargas Llosa que, cuando le preguntaron en su momento si se debía matar al dictador venezolano, respondió que aún había otras formas de oponerse. Todo se iba cerniendo, pues, a la acción de un país extranjero.
Y ese único país era, quién más, Estados Unidos. Pero aquí me valgo de la historia otra vez: la primera democracia en el mundo, Atenas, de ningún modo tuvo un carácter moral ejemplar, sino que ella nació opresora. La opresión es congénita a la democracia, aunque esto les duela a los voceros de esta última. Atenas subordinó a la fuerza a casi la mitad del Mediterráneo antiguo, y hoy, Estados Unidos, una de nuestras grandes democracias, no ha perdido esa esencia. Latinoamérica es vivo ejemplo de su política intervencionista.
Estados Unidos, empero, quiso evitarse el fantasma de Vietnam y no invadió efectivamente. También se evitó otra Cuba pues ello implicaba un largo bloqueo económico. Lo que hizo, por lo tanto, fue entrar por sorpresa, capturar al dictador y llevárselo para su suelo.
Desde un punto de vista militar, coincido con todos los comentaristas en que la operación estadounidense es digna de aplaudir, y en estos momentos creo que cada oficial debería estar tomando nota de ella, porque las guerras en el futuro se decidirán así: con una operación quirúrgica que corte la cabeza. La guerra futura es la guerra de infiltración.
Desde un punto de vista político-moral, la situación cambia. Todos detestábamos a Maduro. Si lo mataban, nuestro sentimiento iba a ser de alivio o de un pesar por cortesía. Hubiéramos preferido más bien una coalición extranjera (latinoamericana) que ejerciera mayor presión (sobre todo, económica) contra el gobierno chavista. Pero no se hizo, ni se buscó. Estados Unidos, entonces, realizó el trabajo sucio.
Y digo “trabajo sucio”, porque lo es. Disiento del internacionalista Miguel Ángel Rodríguez Mackay, quien ha señalado que, por excepción, estaría justificado que aquella potencia extranjera pueda vulnerar la soberanía estatal y derribarse a un dictador. Le faltó percibir que esa “excepción” significa ya no hablar de legalidad, ni de legitimidad, sino de mera fuerza bruta, de mero poder arbitrario. En suma, con la operación militar estadounidense ya no estamos aquí en el terreno de los derechos, sino en el de la simple política de facto, de quién es más fuerte.
Por ende, si bien queríamos la caída de Maduro, no podemos aplaudir la política sucia norteamericana. Como tampoco queremos ahora mirar a otra parte, porque existe todavía una cuestión por luchar: el destino del pueblo venezolano. Ese valioso pueblo ansía su libertad más plena, pero aún le empujan hoy a elegir entre la continuidad de un gobierno corrompido y la propuesta norteamericana que incluye la cesión de sus recursos naturales. Es decir, entre Escila y Caribdis.
(*)Mg. en Filosofía por la UNMSM

