Por: Fernando Zambrano Ortiz
Analista Político
En el Caribe algo se está moviendo, y no solo en el mar. Cuando dos de los buques de asalto anfibio más poderosos de Estados Unidos, el USS Iwo Jima y el USS San Antonio, aparecen a pocas millas al norte de Cuba, el mensaje no necesita traducción. No son barcos simbólicos ni ejercicios de rutina. Son plataformas diseñadas para proyectar poder, desembarcar tropas y actuar en tierra. Y cuando se colocan frente a una isla con 67 años de régimen comunista, nadie puede fingir sorpresa.
La caída de Nicolás Maduro marcó un antes y un después. Durante años se dijo que el chavismo era inamovible, que resistiría cualquier presión. Sin embargo, el régimen colapsó, y hoy Venezuela transita una etapa de negociación política con una delegación del Departamento de Estado ya instalada en Caracas. Ese precedente pesa. Y pesa mucho en La Habana. Porque durante décadas Cuba sostuvo buena parte de su economía gracias a Venezuela, y ese sostén ya no existe.
En los círculos diplomáticos y estratégicos se habla, cada vez con menos cautela, de una salida negociada para Cuba. La versión que circula es tan delicada como contundente: permitir que la cúpula del régimen abandone la isla, incluso con destino a Moscú, a cambio de que quede un gobierno transitorio que convoque a elecciones libres. Serían las primeras elecciones reales en casi siete décadas. Para millones de cubanos, esa sola posibilidad suena a algo que nunca creyeron ver en vida.
Mientras tanto, del otro lado, la retórica no ayuda a enfriar el escenario. Tras frenar la liberación de presos políticos, Delcy Rodríguez, como autoridad temporal en Venezuela, decidió hablarle directamente al “pueblo de Estados Unidos” y desafiar al presidente Trump. Más que un gesto de fortaleza, fue leído como una provocación innecesaria en un momento en que Washington parece haber decidido que la paciencia se agotó.
Donald Trump, fiel a su estilo, no ha suavizado el discurso. Ha dicho sin rodeos que los regímenes comunistas de la región están en su etapa final y que la presión ya no admite medias tintas. En paralelo, anunció que Estados Unidos comenzará ataques terrestres contra los cárteles de la droga en México, afirmando que estos grupos “gobiernan” el país. Es una declaración que rompe todos los moldes tradicionales de la diplomacia y deja claro que su estrategia combina seguridad, poder militar y mensajes políticos directos, sin rodeos ni ambigüedades.
Por eso, lo que ocurre frente a Cuba no puede analizarse como un hecho aislado. No se trata solo de barcos en aguas internacionales ni de ejercicios navales. Es parte de una reconfiguración más amplia del mapa político regional. No necesariamente anuncia una invasión inmediata, pero sí deja claro que Estados Unidos ha decidido volver a hablar con hechos, no solo con comunicados.
En Cuba, la población observa en silencio. Con esperanza, con miedo, con incredulidad. Porque cuando los grandes cambios llegan, rara vez lo hacen de manera ordenada o previsible. A veces empiezan así: con movimientos que parecen lejanos, con discursos que incomodan, con señales que muchos prefieren ignorar.
Nada está definido aún, pero todo indica que estamos ante un momento decisivo. Si el régimen cubano realmente se acerca a su final, no será solo el cierre de un ciclo político, sino el fin de una era que marcó a toda América Latina. Y como siempre ocurre en la historia, el desenlace no dependerá solo de los barcos, ni de los discursos, sino de las decisiones que se tomen cuando ya no quede espacio para seguir postergando lo inevitable.

