Editorial

La delincuencia avanza mientras la justicia retrocede

La inseguridad ciudadana vuelve a golpear con crudeza a nuestra ciudad. La noche del jueves, sicarios asesinaron a dos personas en un conocido bar, en un ataque que, según el nuevo jefe policial, respondería a un ajuste de cuentas entre bandas criminales. Uno de los fallecidos estaría vinculado a una organización delictiva, lo que confirma una vez más que el crimen organizado se mueve con libertad, impunidad y violencia en nuestras calles.

No es un hecho aislado. En Santa, San Jacinto, Nuevo Chimbote y otros sectores, los asesinatos por encargo se han convertido en una constante. Sin embargo, lo más alarmante no es solo la frecuencia de estos crímenes, sino la absoluta incapacidad del sistema para resolverlos. Hasta hoy, la Policía Nacional del Perú no ha logrado esclarecer ninguno de los asesinatos por sicariato registrados en la zona. Puede haber detenidos pero el fondo del caso no está resuelto y por lo tanto la justicia no existe.

La falta de resultados refleja una carencia evidente de trabajo de inteligencia. Sin investigaciones profundas, sin seguimiento a las organizaciones criminales y sin estrategias claras, cualquier operativo termina siendo solo una reacción tardía. Los delincuentes actúan con precisión, planifican sus ataques y desaparecen sin dejar rastro, mientras las autoridades solo llegan para acordonar escenas y recoger casquillos de bala.

La llegada de un nuevo jefe policial genera expectativas, pero también exige resultados. No basta con declaraciones ni con señalar que se trata de “ajustes de cuentas”. La población necesita acciones concretas. El sicariato no solo afecta a quienes están involucrados en el mundo del crimen; también pone en riesgo a ciudadanos inocentes que pueden quedar atrapados en medio de un ataque armado.

Cada balacera en un local público, cada asesinato en plena vía pública, aumenta el miedo colectivo y debilita la confianza en el Estado. Los vecinos ya no se sienten seguros ni siquiera en espacios de recreación. La violencia se ha normalizado, y eso es quizás lo más peligroso: que la sociedad empiece a convivir con el crimen como si fuera parte inevitable de la vida diaria.

La lucha contra la delincuencia requiere más que patrullajes esporádicos. Se necesita inteligencia policial, coordinación con el Ministerio Público, fortalecimiento de las unidades especializadas y, sobre todo, voluntad política. Mientras los criminales sigan siendo liberados, mientras las investigaciones no prosperen y mientras los casos queden en el archivo, la impunidad seguirá alimentando la violencia.

La ciudadanía merece vivir sin miedo. Merece respuestas, justicia y seguridad. No podemos seguir contando muertos sin ver soluciones. La delincuencia avanza, y si las autoridades no reaccionan con firmeza y estrategia, pronto será el crimen el que dicte las reglas en nuestras calles.

Hoy más que nunca, la seguridad no puede seguir siendo solo un discurso. Debe convertirse en una prioridad real y urgente.