Opinión

Hitler and Churchill de Andrew Roberts

Por: Eiffel  Ramírez Avilés 

Hace tiempo le vengo siguiendo la pista al historiador británico Andrew Roberts, nacido en 1963 y autor de varios textos exitosos, como las voluminosas biografías de Napoleón y de Churchill o El liderazgo en guerra. Pero quizá lo más valioso haya sido sus vidas paralelas, en la línea de Plutarco, y en las que compara a hombres que marcaron época.

Gran ejemplo de estas vidas en conflicto ha sido su libro Napoleón y Wellington (2001), en el que contrasta a esos dos grandes generales del siglo XIX. Merecería comentario aparte. Ahora tenemos este otro: Hitler and Churchill. Secrets of Leadership (2003). Entusiasta, deslumbrante, provocador, Andrew Roberts escribe aquí como para dejarnos bien grabada en la memoria cada paso de estos dos líderes.

Como primera advertencia, en la introducción, nos dice el profesor Roberts: «El liderazgo como el coraje e incluso la sinceridad puede estar completamente divorciado de los conceptos de lo bueno y lo malo». Con esta frase, cuya razón comparto, quiere justificar el estudio del liderazgo de Hitler, a pesar de que dicho liderazgo conduzca al abismo. Uno no puede estudiar solo lo bueno en este mundo; es más, la historia se ha creado para estudiar lo malo de este mundo. Solo así se puede sacar lecciones.

En verdad, Andrew Roberts está muy lejos de su compatriota y colega, David Irving, quien arrojó lamentablemente una luz favorable sobre Hitler y el nazismo, motivo por el cual fue sentenciado por una corte inglesa. Roberts acepta algunos talentos de Hitler (como su oratoria y trabajo incansable para ascender), sin embargo, cuestiona severamente sus ideales y conductas, como por ejemplo, su demasiada intromisión en asuntos militares, a tal punto que lo culpa de las derrotas alemanas luego de la conquista de Francia.

Además, el historiador inglés propone una interesantísima idea acerca de la muerte del dictador alemán. Siempre hemos asumido el suicidio de Hitler exclusivamente desde el punto de vista de él: que se mató para evitar la vergüenza de su captura y derrota. Roberts nos hace ver ahora el suicidio desde un punto de vista externo, desde nosotros, y por ello afirma, con solvencia, que Hitler no merecía morir ni en un atentado ni colgado producto de una sentencia de Núremberg, sino que él mismo debía autoliquidarse, como símbolo de que todo lo que creó, el perverso nazismo, no valía nada ahora y que solo sería polvo.

Evidentemente, el mayor logro del libro de Roberts es ejecutar el contrapunto con la figura de Winston Churchill, el líder inglés. Hay dos nociones de fondo en su presentación de Churchill versus Hitler. La primera es la de némesis. Los griegos, que no eran cristianos, concebían el castigo de distinta forma a nosotros, que esperamos la sanción del Creador. Los griegos creían más bien en varios seres castigadores y uno de ellos era la némesis que, según Edith Hamilton, significa la “cólera justificada”. Reinterpretándola mejor, se entendería también como alguien que se opusiera, con “cólera legitimada”, a otro.

Churchill resultó ser el indicado para esa “cólera”. Fue prácticamente el único en Inglaterra que había advertido de la amenaza guerrerista de Hitler y por eso se fue preparando para el combate final contra el líder alemán. Cuando las nubes se disiparon y los ingleses reconocieron que Churchill siempre tuvo la razón, ellos lo convirtieron en primer ministro. Luego, con decisión, el líder inglés reveló su verdadera naturaleza mediante su célebre frase: «Si Hitler invadiera el infierno, mínimamente haría una referencia a favor del diablo». La némesis estaba lista.

La segunda noción de fondo en estas vidas enfrentadas es el Kairós. Los griegos antiguos conocían a Cronos o el tiempo, que es algo cuantitativo, pero a su vez manifestaban la existencia del Kairós, que viene a significar, según el diccionario Vox de griego que tengo a la vista, el “momento oportuno”. Kairós, así, es el momento crítico que no hay que dejar pasar. Ese momento llegó con el nombramiento de Churchill como primer ministro inglés el 10 de mayo de 1940, el mismo día (o Kairós) que Hitler inició su invasión arrolladora de Francia. En buen cristiano: Churchill y Hitler estaban destinados a colisionar.

Es indudable, y creo que correcto, que Roberts inclina la balanza por Winston Churchill. Este fue un hombre de guerra, y nunca la guerra se hizo tan necesaria como cuando había que acabar con el nazismo. Su fe en la victoria, a pesar de la superioridad del mal, es un ejemplo que ha trascendido a los pueblos de habla inglesa. En el mundo, se admira más a Churchill que a Wellington o a Nelson. Y Roberts ha conseguido plenamente el objetivo principal de su libro, sobre todo, contra los revisionistas del guerrero inglés. Con todas sus luces y sombras, el Churchill de 1940 es otro héroe de la humanidad.

(*) Mg. en Filosofía por la UNMSM