Por: FERNANDO VALDIVIA CORREA
El viernes último, la Junta Nacional de Justicia destituyó a Delia Espinoza como Fiscal Suprema. El día anterior, el mismo organismo constitucionalmente autónomo resolvió no ratificar a Pablo Sánchez en el mismo cargo. Diez días atrás, la Autoridad Nacional de Control del Ministerio Público suspendió por 6 meses al Fiscal Provincial José Domingo Pérez. Y, el último día de diciembre pasado, el Poder Judicial cesó a César San Martín como Juez Supremo al haber alcanzado la edad máxima permitida (70 años). El común denominador de estos polémicos personajes fue enarbolar la siempre esperanzadora frase de la lucha frontal contra la corrupción, aupados eso sí todos ellos por la caviarada.
San Martín Castro, con una prolija carrera judicial de cerca de 40 años, así como de docente universitario, se fue entre vítores y abucheos. De lo segundo, conocido es que a raíz del autogolpe de 1992 fue defenestrado del puesto de Vocal Titular de la Sala de antiterrorismo. Reingresó y en el 2004 asumió como Vocal Supremo de la Sala Penal Permanente. Tres años después, le tocó la revancha o venganza según se interprete. Con el expresidente Alberto Fujimori en prisión, le tocó dirigir la Sala Penal Especial que lo juzgaría, denotándose desde el minuto uno evidente sesgo político que haría suponer la condena al exmandatario. Y así fue, sentenciado a 25 años como autor mediato, figura jurídica inexistente en el derecho penal peruano y que solo se aplicó al caso Fujimori. Además, en el 2018 se filtró un email de una década atrás entre el abogado Gonzalo del Río y San Martín, relacionado con dicho proceso; es decir, para los seguidores del exjefe de Estado, la condena ya estaba escrita antes de iniciarse el juicio. En adición, ese mismo año, con el sobredimensionado escándalo “los cuellos blancos del puerto” en efervescencia, se conoció de un audio conteniendo una llamada telefónica entre el entonces Supremo y Walter Ríos, en aquél momento titular de la Corte del Callao, pidiéndole reiteradamente como favor personal que intercediese ante la a quo encargada del proceso que involucraba a su hermana. Por ello, benévolamente fue sancionado por 30 días por parte de la Junta Nacional de Justicia (JNJ).
Por su parte, Pablo Sánchez hacía tiempo que sorteaba la defenestración del Ministerio Público. En el último procedimiento de ratificación se hizo mención la sanción de suspensión de 120 días por falta grave al haber percibido dieta como integrante de la Academia Nacional de la Magistratura entre los años 2020 y 2021, además de sus remuneraciones como Supremo y docente, ratificada por la JNJ en noviembre de 2024. Inexcusable.
En cuanto a Delia, el espacio que me conceden en esta columna en definitiva sería muy corto para describir cada una de las barbaridades cometidas en su desempeño como Fiscal de la Nación. Temperamental (por no decir conflictiva) por naturaleza, se puso al frente de la Junta desacatando la orden de reponer a Patricia Benavides en el mismo cargo. Cuestionó vociferante lo decidido, amenazando incluso con denunciar penalmente a sus miembros. Literalmente “puso el clavo en su ataúd”, aunque desde inicios de diciembre último, ya se encontraba inhabilitada por parte del Parlamento para ejercer la función pública por 10 años.
Y, en lo que respecta a José Domingo, su irreprochable accionar específicamente en el caso denominado “cócteles”, haciendo que el Tribunal Constitucional resolviese favorablemente a Keiko Fujimori, por vulneración del debido proceso (principio de legalidad penal), concluyendo anticipadamente el juicio contra ella, que dicho sea de paso, estuvo injustamente encarcelada por más de cuatrocientos días. Si bien Pérez Gómez aún está en la planilla estatal, lo más probable es que la autoridad contralora recomiende a la Junta la destitución del hoy streamer.
Los tiempos cambian, nuevos vientos soplan en el convulso escenario político con elecciones generales ad portas, y va aplicándose este añejo refrán “siéntate en la vereda de al frente, y verá el cadáver de tu enemigo pasar”. Mientras al otro lado, al incrédulo progre va cayéndosele una lágrima en su mejilla.

