Opinión

Luces, cámaras… ¡Que empiece el show!

Por: Dr.(c) Miguel Koo Vargas

CEO de InfluencIA | Consultoría de Reputación

Después del Chifagate, el guion de Jerí (Imitador de Bukele) es tan predecible que ya ni siquiera sorprende. Cuando queda expuesto ante la opinión pública, ya no responde con decisiones, responde con show. El presidente continúa perdiendo el tiempo en operativos policiales de motociclistas en la Costa Verde, vuelve a pasearse por los penales y desempolva la vieja fórmula que le funcionó al inicio de su gobierno. Mucha cámara, mucha puesta en escena, pero liderazgo nulo.

Su fórmula, desde el punto de vista comunicacional, es reenganchar con la población distrayéndola de sus denuncias. Esa receta ya la vimos. La conocemos de memoria. Camisa remangada, botas tácticas, parches militares, mirada dura, recorrido mediático y declaraciones cortas para el titular. En su momento, dio resultado. Había expectativa, la gente le guardaba esperanza. Hoy, en cambio, ese mismo libreto se siente reciclado, forzado, casi desesperado. Como si se intentara revivir una temporada de Netflix que fracasó y quedó para el olvido.

Cada minuto invertido en estas escenografías es un minuto que se le roba a los problemas reales del país. La seguridad ciudadana no se resuelve interviniendo motos en la Costa Verde; para eso existe la policía de tránsito. El rol del primer mandatario es otro. Es diseñar estrategia, articular inteligencia, corregir el sistema. Del mismo modo, las visitas a los penales no aportan nada nuevo. No revelan secretos ni descubren anomalías inéditas. Todos sabemos, y lo hemos visto durante años, que allí hay televisores con cable, mesas de billar, baños enchapados, comodidades impropias que no nacieron ayer, sino que son el resultado de una corrupción estructural largamente tolerada.

Aquí es donde el problema deja de ser comunicacional y se vuelve personal. Porque no estamos ante un presidente que está solamente mal asesorado, sino ante uno que eligió ocultarse, que eligió moverse en las sombras, que eligió reunirse de forma sinuosa con personajes cuestionados y luego trató de explicarlo con relatos que no resisten el menor contraste con la realidad. Nadie se encapucha para comprar caramelos. Nadie evita la agenda oficial por casualidad. Eso lo entiende cualquiera que no se deje tomar por ingenuo.

El intento de volver al show revela algo más profundo. Una reputación que no se sostiene sola. Un relato que necesita ser empujado permanentemente porque ya no camina por sí mismo. Y las reputaciones así, las que son armadas, las producidas, las cuidadosamente editadas, tarde o temprano colapsan.

Cuando la reputación es auténtica, los hechos la refuerzan. Cuando es fabricada, los hechos la traicionan. Y eso es exactamente lo que estamos viendo. Una autoridad que necesita explicar demasiado porque dejó de ser creíble sin explicaciones. Una figura que recurre a la cámara porque perdió influencia.

Esta vez, ya no engaña a nadie. Porque el país puede tolerar errores, pero no tolera que lo agarren de tonto. Puede soportar tropiezos, pero no la sensación de que le vendan escenografías mientras el Perú se viene abajo. Y cuando esa sensación se instala, no hay operativo ni visita a penal que la borre.