Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)
Albert Camus legó una popularidad al mito de Sísifo: el personaje que, al haber ofendido a los dioses, fue sentenciado por estos, y por ello, debía alzar una pesada roca hasta la cima de una montaña. Llegado a esta, la roca caía y Sísifo tenía que bajar y empezar nuevamente el trabajo, para siempre, hasta el fin de los tiempos, si es que lo había.
Camus revalora el mito, pues, y convierte a Sísifo en su héroe: de algún modo, nos dice Camus, en su exitoso libro de 1942, Sísifo va reflexionando durante su descenso de la montaña; acepta su destino, pero también reconoce la alegría de serle fiel a una roca (entiéndase: la Tierra) y no a seres extraños, como los dioses. Sísifo, así, es un rebelde y he ahí el heroísmo que quería Camus para el hombre mismo, quien, a pesar de estar atrapado por fuerzas extrañas, como las de la naturaleza, cree en su propio camino.
Hay bastante de nietzscheano en esto, pero Camus lo ha bautizado (y perdóneseme este verbo cristiano, tan distante para el francés): la filosofía de lo absurdo. Camus creía que el absurdo nace del divorcio entre el cosmos y el hombre. Antes, en los tiempos míticos, el hombre llamaba al universo y este respondía mediante maravillas (por ejemplo, mediante un milagro), pero ahora toca la puerta y no encuentra más que silencio. Para el hombre absurdo y moderno, entonces, ya no hay maravillas. El relato de Dios, de las imponentes bellezas metafísicas, de los grandes destinos, se acabaron. No hay más que vacío ahí afuera y el hombre es libre ahora para realizarse a sí mismo.
Al hablar de la realización humana, la filosofía de lo absurdo es, por tanto, una filosofía existencialista. Filosofía que estuvo de moda hace décadas y había ganado a sus filas a tantos de los nuestros. Camus mismo coronó esa filosofía con una bellísima novela: El extranjero, cuyo Meursault es el típico héroe absurdo que, mediante la indiferencia (consecuencia de la absurdidad del mundo) empieza a negar los discursos comunes de sus congéneres.
En verdad, el punto de partida de Camus me parece loable: tiene la intuición de que el mundo ha cambiado, de que los hombres han cambiado. Ahora se piensa que los cuentos de la gran Moral o de la gran Religión ya están agotados. Además, muchos creen que el mundo mismo no tiene sentido ulterior alguno y que aquí solo juegan las determinaciones del más poderoso o del mejor adaptado.
Pero el punto en cuestionamiento, y con el que me rebelo contra Camus, es el de asumir que solo el reconocimiento de la absurdidad del mundo y, por consiguiente, de la libertad del hombre, este mejorará. La libertad del hombre es un valor que hay que defender con uñas y dientes, pero ¿para qué? Hasta ahora, he notado que todo aquel que defienda la libertad humana no llega a aceptar que hay un peligro implícito a ella: la indeterminación, el no saber qué hacer. Con la ansiada libertad, respondería así a Camus y, de paso, a Nietzsche, no somos fieles a la Tierra, sino a nosotros mismos… pero solo a nosotros mismos.
A la vez que leía El mito de Sísifo de Albert Camus, revisaba otro libro notable, Cosmos, de Carl Sagan. Por más que le dé un sentido positivo al final, la idea de un cosmos silencioso y vacío del filósofo francés resulta triste. En cambio, para Sagan, incluso siendo este un ateo declarado, el cosmos le es un bello señuelo, una preciada pregunta abierta, que nos vincula para siempre a indagar por él y sus maravillas. El cosmos nos llama. Su voz resuena en cada arrullo de los pájaros.
Querido Camus, de sus páginas se desprenden que la libertad, aunque valiosa, no es más que un consuelo para los hombres. Yo no quiero consuelos, sino grandes trabajos, ilimitadas empresas. Creo en el Sísifo que asciende, en el que suda sin separarse de su roca.
(*) Mg. en Filosofía por la UNMSM

