Por: Dr.(c) Miguel Koo Vargas
CEO de Influencia | Consultoría de Reputación
Hay momentos en que la política se parece peligrosamente a una serie de Netflix con muchos efectos visuales, planos vistosos, mucha escenografía, y al final, si uno se detiene a pensar, muy poco argumento.
Así fue la llegada de Erick Moreno Hernández, alias “El Monstruo”, extraditado desde Paraguay para enfrentar a la justicia peruana tras ser capturado y entregado a las autoridades de nuestro país luego de meses prófugo. No voy a negar que es un hecho importante, pues estamos hablando del líder de una organización criminal que operó con violencia, secuestros y extorsiones en Lima Norte, y que ahora debe pagar por sus delitos.
Pero lo que se mostró en escena fue otra cosa.
Primero, aparecieron las imágenes del extraditado con un mameluco rojo, al mejor estilo de “La Casa de Papel”, con sus cadenas en manos y pies, y unos parches enormes que parecían dos placas de carro. Esa estética teatral, junto con todo el aparato mediático, no añade rigor a la acción policial, solo suma vergüenza y mediocridad a un guion que, fuera de la ciencia ficción peruana, ya estaba escrito con letras doradas por la policía paraguaya. Sin su apoyo no habría sido posible esta entrega, pues bien sabemos que algunos malos elementos de la PNP le filtraban información para capturarlo.
Y si hablamos de la narrativa presidencial, lo que ocurre es todavía más patético que lo anterior. Porque el presidente que hace meses parecía un imitador de Bukele, con chalecos y recorridos tácticos, ahora parece empeñado en emular a Trump en su cuarto de crisis, observando cada detalle desde una pantalla mientras todos estaban en la cancha.
La diferencia, y es evidente, es que aquí no hay una sala de alta tecnología ni un funcionario como Marco Rubio al costado. Solo un mandatario que termina viendo todo por la señal de TV Perú desde una habitación improvisada.
Al día siguiente presentaron al Monstruo rapado y vestido de blanco, al estilo CECOT salvadoreño, ese centro donde también descansan otros cabecillas bajo el sello de una política de “mano dura”. Pero aquí, claro, la analogía se queda en la foto. Lo demás, el proceso judicial, la coordinación internacional, la investigación, no se ve en los flashes ni en los videos de TikTok.
El ciudadano no necesita ver al villano con chaleco rojo o con la cabeza rapada para creer que la justicia está actuando. Necesita tener la certeza de que detrás de esa imagen existen las garantías para un proceso justo, sin protegidos, y un Estado que no se distrae con dramatismos.
Insisto que traer al Monstruo era un hecho importante. Era una oportunidad para mostrar cooperación internacional efectiva y un mensaje claro de que el crimen organizado no tiene fronteras ni refugio seguro. Pero al final, lo que se exhibió fue un ‘reality show’ que puede gustar a un sector de la población, pero no sustituye ni dignifica el trabajo serio que se hizo para lograrlo. Sobre todo, por respeto a la policía paraguaya, quienes realmente hicieron posible que hoy ese delincuente esté frente a la justicia. ¿Cantará? ¿Lo dejarán hablar? Veamos el desenlace de esta triste historia.

