Por: Fernando Zambrano Ortiz
Analista Político
Antes de que el sol termine de abrir los ojos sobre el Pacífico, cuando la bruma aún conversa en voz baja con la arena, él ya camina. Nadie lo espera. Nadie lo aplaude. Nadie registra su jornada en estadísticas oficiales. Sin embargo, su rutina sostiene, en silencio, una hebra más de esa red invisible que mantiene vivo al Perú real.
Lo llamo “el boyero”.
No es pescador, no es estibador, no es comerciante. Es recolector de lo que el mar devuelve. Recorre las orillas de la costa de sur a norte hasta la caleta Los Chimus, en Áncash, siguiendo la línea caprichosa que trazan las corrientes. Su mirada no busca peces ni conchas: busca boyas. Esas esferas gastadas que se desprenden de las redes de los pescadores y quedan a la deriva hasta que el océano decide arrojarlas a la orilla.
Cada boya vale cinco soles.
Cinco soles por horas de caminata sobre arena ardiente. Cinco soles por cargar el peso de un saco que, poco a poco, se va llenando de plástico salobre, de óxido, de historias ajenas. Cinco soles por doblar la espalda mientras el viento del litoral castiga el rostro y el frío de la madrugada cala hasta los huesos.
Avanza inclinado, como si el peso no solo fuera físico, sino también simbólico: el peso de la necesidad, el peso del olvido, el peso de un país que muchas veces no mira hacia donde debería.
A su lado camina un perro flaco, fiel, silencioso. No lo guía ni lo apura. Solo lo acompaña. En esa dupla hay una dignidad que conmueve: dos seres que comparten la misma ruta, el mismo viento, el mismo cansancio, el mismo destino incierto de cada amanecer.
Mientras las casas aún duermen y las ciudades comienzan a desperezarse con café y bocinas, el boyero ya ha recorrido varios kilómetros. Sus huellas se dibujan y se borran con la misma facilidad con que su historia se pierde entre la arena y la bruma.
Él forma parte de esa economía invisible que no aparece en los discursos, pero que respira en cada rincón del país: hombres y mujeres que viven de lo que otros desechan, de lo que la naturaleza devuelve, de lo que el sistema nunca pensó para ellos.
No hay contrato. No hay seguro. No hay descanso programado. Solo el mar, la arena, el saco, el perro y la esperanza de juntar suficientes boyas para que el día tenga sentido.
Los cerros áridos que abrazan la playa comienzan a teñirse con las primeras luces. El boyero sigue su camino, pequeño en la inmensidad del paisaje, enorme en la dimensión de su esfuerzo.
Esta es la realidad que ocurre antes de que el país abra los ojos.
Una realidad que no se transmite en noticieros ni se discute en mesas redondas. Una realidad que camina descalza sobre la arena ardiente, que respira salitre y que mide el tiempo en pasos, no en relojes.
El boyero no pide reconocimiento. Solo busca boyas.
Y, sin saberlo, con cada paso que da al amanecer, nos recuerda que el Perú verdadero no siempre está donde miramos, sino donde casi nunca queremos mirar.

