Editorial

Áncash: 205 años después, entre la gloria histórica y la deuda pendiente

El 12 de febrero de 1821, desde Huaura, el libertador José de San Martín dio origen a los primeros cuatro departamentos del Perú independiente. Entre ellos, Huaylas, germen del actual Áncash. Aquel acto administrativo no solo fue una decisión política, sino también el reconocimiento de un territorio estratégico, diverso y profundamente comprometido con la naciente República. Doscientos cinco años después, la pregunta es inevitable: ¿hemos estado a la altura de nuestra historia?

Como recuerda el docente e historiador huaracino José Antonio Salazar Mejía, el nombre de Áncash llegaría años más tarde, tras la Batalla de Yungay en 1839, cuando el presidente Agustín Gamarra dispuso el cambio de denominación en homenaje al escenario donde se selló el fin de la Confederación Peruano-Boliviana. El cerro Pan de Azúcar fue testigo de una victoria que marcó el destino político del país. Áncash nació, entonces, con el sello de la trascendencia nacional.

Nuestra historia es rica en episodios memorables. Desde la resistencia indígena y republicana, pasando por la gesta de Yungay, hasta la fortaleza demostrada tras el terremoto de 1970 que devastó ciudades enteras, Áncash ha sabido levantarse en los momentos más difíciles. Somos tierra de nevados majestuosos y mar generoso, de agricultura pujante y minería poderosa, de cultura milenaria y espíritu emprendedor.

Pero la historia también obliga a la autocrítica.

Áncash es, desde hace años, el departamento que más canon minero recibe en el país. Miles de millones de soles han ingresado a las arcas del gobierno regional y de las municipalidades provinciales y distritales. En teoría, ese flujo extraordinario de recursos debía cerrar brechas históricas, garantizar servicios básicos de calidad, modernizar infraestructura, potenciar la educación y la salud, y sentar las bases de un desarrollo sostenible.

Sin embargo, la realidad golpea con crudeza. Persisten colegios en mal estado, centros de salud sin equipamiento adecuado, carreteras inconclusas, proyectos paralizados y una alarmante incapacidad de ejecución presupuestal. El canon, que debía ser palanca de progreso, muchas veces terminó diluido entre improvisación, corrupción, falta de planificación y obras sin impacto real en la calidad de vida de la población.

No se puede negar que algo se ha hecho. Hay carreteras construidas, plazas mejoradas, algunos hospitales levantados y proyectos de saneamiento ejecutados. Pero la pregunta no es si se ha gastado el dinero, sino si se ha invertido bien. Y la respuesta, lamentablemente, es que no en la magnitud ni con la eficiencia que la región necesitaba.

A 205 años de su creación, Áncash sigue siendo un territorio de enormes contrastes: riqueza natural frente a pobreza persistente; millonarios presupuestos frente a necesidades básicas insatisfechas; potencial turístico y productivo frente a débil articulación económica. El problema no es la falta de recursos, sino la falta de visión compartida, de liderazgo técnico y político, y de una ciudadanía vigilante que exija resultados concretos.

Esta fecha no debe ser solo motivo de desfiles y discursos protocolares. Debe ser un punto de inflexión. La historia que comenzó en Huaura en 1821 y que se consolidó en Yungay en 1839 nos recuerda que Áncash nació en momentos decisivos para el país. Hoy también vivimos un momento decisivo.

El mejor homenaje a estos 205 años no es la nostalgia, sino el compromiso. Compromiso de nuestras autoridades para planificar con seriedad y transparencia; compromiso de la sociedad civil para fiscalizar y participar; compromiso de las nuevas generaciones para asumir el liderazgo que la región necesita.

Áncash tiene todo para ser ejemplo nacional. La pregunta es si, por fin, estaremos dispuestos a convertir nuestra riqueza en verdadero bienestar. La historia ya nos dio un lugar en el mapa del Perú. Ahora nos toca ganarnos el futuro.