Opinión

¿Dónde está Dios?

Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)

Resulta extraño que en estos tiempos en que la religión parece un tema aburrido, las personas sigan haciéndose la pregunta del título. Y resulta extrañísimo que la gente, en este caso en específico, prefieran la pregunta y no la respuesta.

He ahí entonces el atractivo: no queremos ver, no queremos saber, no queremos constatar. Solo queremos hacernos la pregunta: ¿dónde está Dios? En la religión, el misterio está por delante y de esa manera nos sentimos atraídos por ella, aunque tengamos que entrar por la puerta falsa. Nadie quiere saber los datos exactos de la belleza de una flor (la respuesta sería muy pobre), porque la belleza misma solo consiste en la inquietud sin fin: ¿por qué esta rosa es bella?

Se equivocan, pues, los escépticos (en verdad, se equivocaron durante siglos), al tratar de combatir la respuesta a la pregunta del título. Ni siquiera al verdadero creyente le ha interesado. Este acepta con fruición la interrogante, porque mientras esta arda, como la zarza de la Biblia, arde también su corazón y sus mejillas se ensanchan. “Dios está en los cielos”, dicen los creyentes, pero lo dicen para burlarse de los escépticos.

Dios no está aquí, señor, señora, voltee para otra parte. Mire, por ejemplo, un pozo oscuro o sin fondo y entenderá la cuestión. Al levantar la cabeza, quizá sienta un vértigo, quizá sienta un temblor, quizá se decepcione, pero no olvidará la señal, la misma que le indica que mientras más se hunda la vista en la profundidad, menos sabremos. Aunque algo nos conmoverá. Dios es de ley inversa.

Elie Wiesel, el escritor rumano, es quien también ha ofrecido, con toda desnudez, la pregunta de dónde está Dios. En su proverbial librito, Noche, relata la trágica historia (su propia historia) de unos judíos en un campo de concentración nazi. Un día, los soldados los juntaron en un patio y, sobre un cadalso, colgaron a un niño, pero este demoraba en morir (seguramente por su delgado cuello). Todos estaban obligados a ver la macabra escena hasta el final. Entonces, en ese momento, uno de los presentes, desolado por lo que contemplaba, murmuró: “¿Dónde está el buen Dios? ¿Dónde está?”.

No queda duda, por lo tanto, que la pregunta de mi título no solo abre hacia una esperanza, sino que también pesa. Le podemos ganar a los escépticos, pero no podemos liberarnos de nuestro propio destino. Cuando alguien fenece por una enfermedad, decimos: ¿ahora dónde está? La pregunta, pues, se vuelve contra nosotros y nos arrastra hacia el hueco oscuro. Los humanos somos pequeños Atlas.

“Habla usted como si estuviésemos condenados”, me podría objetar el que esto lee. “Olvídese de Dios y sea libre”, me diría el ateo. Sin embargo, en materia de religión, como en tantas otras cosas, prefiero los barrotes a la libertad sin límites. El cosmos, el lenguaje, las leyes son una cárcel; hemos vivido siempre así y no nos hemos quejado. Es más, hemos sido felices, aunque el planeta nos haya impuesto los más crudos inviernos.

En fin, no piense en la respuesta, piense en la pregunta y en todo lo que puede hacer con ella. Muchos critican que por qué existe un Dios bueno que permite el dolor en el mundo. Seguramente, le ha dado vueltas a la respuesta; ahora dele vueltas a la pregunta y sin duda escuchará un sonido de trompetas y un claro eco que proviene de usted mismo: ¿cómo he de enrolarme en la gran batalla divina contra el mal?

(*) Mg. en Filosofía por la UNMSM