Opinión

Solidaridad con trasfondo electoral

Por: Dr.(c) Miguel Koo Vargas

Cada proceso electoral trae consigo una temporada curiosa de solidaridad súbita. Es impresionante cómo, de pronto, aparecen candidatos profundamente conmovidos por la pobreza, por el deporte, por los desempleados y por cualquier causa que tenga buena prensa.

Entregan víveres, financian campeonatos, apadrinan clubes, y, por supuesto, documentan cada gesto para su difusión comunicacional. Su excusa es “siempre lo hice, incluso antes de campaña”, sin embargo, sabemos que sus gestos solidarios tienen una doble intencionalidad. No son gratuitos.

La solidaridad, cuando es real y desinteresada, es distinta. No busca cámaras. No necesita una entrevista en medios de comunicación. La ayuda auténtica suele ser silenciosa porque su propósito no es acumular capital político, sino aliviar una necesidad concreta.

La realidad es que muchos candidatos utilizan los apoyos como una inversión política con retorno popular. Muchos de ellos ni siquiera van a pasar la valla electoral, y, aun así, gastan recursos en montar escenografías solidarias que no resisten el menor análisis técnico.

Invierten en propaganda, pero no en ideas. Financian campeonatos, pero no saben explicar un presupuesto público. Prometen reformas estructurales sin conocer en profundidad los problemas en todas sus dimensiones. Y esto se nota cuando caminan por las calles, pocas personas los reconocen. Incluso sus redes sociales tienen poquísimo alcance y seguidores.

Y aquí viene la parte más incómoda para ellos, algunos pagan entrevistas. Sí, pagan espacios disfrazados de periodismo donde la conversación transcurre sin una sola repregunta exigente. Compran minutos de cámara creyendo que eso equivale a legitimidad. Confunden exposición con liderazgo. Confunden visibilidad con preparación. Y cuando finalmente se les formula una pregunta técnica, se hace evidente que no saben dónde están parados.

Lo digo con franqueza, más que indignación, me generan lástima. Porque es claro que creen que la política es marketing y no responsabilidad pública. Piensan que el algoritmo sustituye al proyecto de país. Que los likes reemplazan a la solvencia técnica. Que financiar un equipo de fútbol equivale a construir institucionalidad.

Hay algo profundamente obsceno en convertir la necesidad de las personas en un show mediático. Cuando la pobreza se vuelve contenido y el sufrimiento se transforma en un recurso electoral, el problema ya no es solo ético, es espiritual. Estamos normalizando que la política sea un espectáculo y que la compasión tenga patrocinadores.

El país no necesita benefactores de temporada ni candidatos oportunistas. Necesita personas que comprendan la complejidad del Estado, que sepan interpretar cifras, que entiendan el alcance de sus promesas y que tengan una visión estructural de largo plazo.

Al final, la valla electoral será más que elocuente. Y muchos de estos aspirantes se estrellarán contra ella para devolverlos a su realidad.