Por: Fernando Zambrano Ortiz
Analista Político
La ruta política de Hernando de Soto, flamante primer ministro del presidente de transición José María Balcázar, no es precisamente una línea recta. Más bien parece una curva cerrada, de esas que se toman mirando el retrovisor y con un ojo puesto en la salida de emergencia.
De Soto siempre ha sabido moverse en la vitrina. Aparece en cada ciclo electoral con la misma puntualidad con la que llegan los afiches: se ofrece como “solución”, como “técnico”, como “experto”, y deja la sensación de que su participación en la política peruana es menos un compromiso sostenido y más una estrategia de posicionamiento. En términos prácticos, opera como un marketero político: un personaje que necesita estar en escena para seguir siendo un activo internacional, útil para sus redes y organizaciones que asesoran a políticos fuera del país. No es un juicio moral; es la lectura fría de un patrón.
Ese patrón se vuelve más preocupante cuando se revisan algunos episodios de su trayectoria. Sus “caminatas” por caminos minados por ejemplo, las aproximaciones y conversaciones en entornos como el VRAEM no se explican solo por la búsqueda de soluciones; también muestran una inclinación por el gesto simbólico y el titular. Lo mismo con ciertos ensayos de formalización: propuestas que, presentadas como medicina social, pueden ser peligrosas si se aplican sin Estado, sin control real y sin capacidad institucional. En un país donde la informalidad se cruza con economías ilegales y estructuras criminales, la frontera entre “formalizar” y “blanquear” es finísima. Y cuando se juega con esa frontera, se juega con fuego.
Pero el rasgo más determinante de De Soto no es su vocación por la exposición: es su tendencia a retirarse cuando siente que el riesgo crece. En la política peruana, muchos entran para ganar; pocos entran para resistir. De Soto parece pertenecer al primer grupo. Su historial sugiere que prefiere renunciar antes que cargar con una derrota, un desgaste irreversible o el costo de una crisis. Por eso la pregunta real no es si será un buen primer ministro, sino si se quedará.
¿Permanecerá hasta el 28 de julio o renunciará antes? Si uno mira la lógica de su comportamiento, lo más probable es que salga cuando la transición empiece a quemar. Y la transición, inevitablemente, va a quemar. Balcázar llega a Palacio con una legitimidad frágil y bajo sospecha política: viene de un entorno asociado a Perú Libre, partido cuyo líder y expresidente terminó en prisión tras el intento de quebrar el orden constitucional. Ese origen condiciona todo: el margen del gobierno de transición es estrecho, el clima de confianza es bajo y la tolerancia social a “maniobras” es mínima.
En ese escenario, el gabinete de De Soto puede terminar siendo solo un barniz de moderación. Una cara “presentable” para tranquilizar mercados, calmar temores y ganar tiempo. Pero lo sustantivo, lo que definirá la orientación real del gobierno, estará en los ministerios clave. Y ahí está el dilema: lo más probable es que el presidente con una orientación política distinta a la de De Soto busque colocar ministros alineados con su visión en carteras estratégicas. De Soto podrá aceptarlo a regañadientes, quizás con el discurso de la “gobernabilidad” y el “orden”, pero con la carta de renuncia preparada en el bolsillo.
Por eso De Soto puede pasar, en cuestión de semanas, de salvavidas a verdugo. Salvavidas si logra transmitir una mínima estabilidad y contener la incertidumbre. Verdugo si decide romper y salir denunciando “injerencias”, “captura” o “falta de condiciones”. Y el efecto de una renuncia así, en un interinato ya cuestionado, sería devastador: confirmaría la sospecha de que el gabinete era decorativo, abriría una nueva crisis, y dejaría al país otra vez en el vacío.
La pregunta que deberíamos hacernos no es si De Soto “sirve” o “no sirve”. Es más incómoda: ¿qué está haciendo realmente ahí? Si su presencia es un seguro de estabilidad, tendría que traducirse en una agenda mínima, una línea coherente y un compromiso explícito hasta el 28 de julio. Si, en cambio, su presencia es un movimiento táctico una forma de ocupar la vitrina, reposicionarse y luego salir a tiempo entonces estamos frente a una operación de imagen en el momento más delicado del país.
El Perú no necesita más marketing. Necesita responsabilidad. En una transición, el mérito no es brillar; el mérito es no incendiar. Y para eso no basta con un primer ministro famoso: se necesita un equipo sólido, coherencia política y decisión de sostener el timón cuando el mar se ponga peor. Si De Soto no está dispuesto a asumir ese costo, su paso por la PCM será lo que suena: un capítulo más de una ruta sinuosa, y una factura adicional para un país que ya no tiene margen para pagarla.

