Con los anuncios oficiales del Senamhi, que confirman la presencia del Niño Costero en nuestro litoral, el tiempo de la especulación terminó. Hoy estamos frente a un escenario real, visible y preocupante. Las lluvias registradas desde el fin de semana en Arequipa y otras ciudades del sur no solo evidencian el incremento de la temperatura del mar, sino que anticipan un periodo de mayor vulnerabilidad para las regiones andinas y costeras, incluida Áncash.
La activación de la plataforma de Defensa Civil Provincial y el acuerdo de solicitar mayores recursos al Ejecutivo son pasos necesarios. No se puede enfrentar una emergencia climática con presupuestos diseñados para tiempos ordinarios. Las municipalidades, en muchos casos, apenas cuentan con partidas limitadas que ya estaban comprometidas en obras o servicios básicos. Pretender que respondan con esos mismos fondos a desbordes, huaicos o colapsos viales sería simplemente irresponsable.
Sin embargo, también es válido señalar que la reacción no debe limitarse a solicitar dinero cuando la lluvia ya está cayendo. La prevención no puede ser una palabra que se active únicamente cuando el peligro está encima.
La prevención debió traducirse, meses atrás, en limpieza de cauces, descolmatación de ríos, reforzamiento de defensas ribereñas y mantenimiento de vías críticas. No se trata de buscar culpables en medio de la emergencia, pero sí de asumir que la gestión del riesgo debe ser permanente y no estacional. Cada año sabemos que el verano trae lluvias en la sierra y que un calentamiento anómalo del mar puede intensificarlas. Entonces, ¿por qué siempre nos sorprende?
Los reportes del Coer Áncash muestran daños en infraestructura pública y privada en diversas provincias del interior de Áncash. Carreteras afectadas, viviendas anegadas, cultivos dañados. Esa es la realidad que obliga a las autoridades a actuar con rapidez. En ese sentido, el pedido de mayores recursos al Ejecutivo es coherente, porque las intervenciones de urgencia maquinaria pesada, combustible, asistencia humanitaria demandan liquidez inmediata.
Pero hay un segundo frente que no puede quedar relegado: la salud pública. Las lluvias intensas, combinadas con altas temperaturas y acumulación de agua, crean el escenario perfecto para la proliferación del mosquito transmisor del dengue. Y si bien se vienen realizando campañas de intervención en diversos sectores, el riesgo no se limita a esa enfermedad. La chikungunya y otras afecciones transmitidas por vectores podrían reaparecer con fuerza en zonas vulnerables si no se actúa de manera preventiva y sostenida.
La imagen de las trabajadoras del puesto de salud de Santa Ana, cruzando el caudaloso río Lacramarca con apoyo de los pobladores, es poderosa. Refleja compromiso, vocación y sentido de servicio. Pero también evidencia precariedad. No debería ser normal que el personal sanitario arriesgue su integridad para cumplir con su labor. Esa escena conmueve, sí, pero al mismo tiempo interpela a las autoridades sobre la necesidad de infraestructura segura y planes de contingencia bien estructurados.
Estamos, pues, en un momento decisivo. Las medidas adoptadas hasta ahora son un primer paso, pero deben acompañarse de coordinación efectiva entre niveles de gobierno, transparencia en el uso de los recursos y supervisión constante. No basta con declarar la alerta; hay que ejecutar con eficiencia.
El Niño Costero no espera trámites ni discursos. Las lluvias seguirán cayendo y los ríos seguirán creciendo. Lo que está en juego no es solo infraestructura, sino la tranquilidad y la seguridad de miles de familias. Esta vez, la respuesta debe estar a la altura del desafío.

