El reciente pronunciamiento del Centro de Operaciones de Emergencia Nacional (COEN), que declaró alerta nacional e incluso alerta roja en varias provincias del país por el riesgo de lluvias intensas, debe ser asumido con la seriedad que corresponde. No se trata de un anuncio más ni de un parte técnico destinado únicamente a las autoridades: es una advertencia directa a la población. En el caso de Áncash, la alerta es de nivel naranja, lo que implica una alta probabilidad de activación de quebradas, incremento peligroso de caudales y posibles deslizamientos. Es, sin duda, una señal clara de que debemos estar prevenidos.
El Perú, por su geografía accidentada y la vulnerabilidad de muchas de sus ciudades, es especialmente sensible a fenómenos asociados a precipitaciones intensas. Cada temporada de lluvias nos recuerda, con dolor, que no basta con reaccionar cuando el desastre ya ocurrió. Las imágenes de huaicos arrasando viviendas, carreteras colapsadas y familias evacuadas no son escenas lejanas; forman parte de nuestra memoria reciente.
Que el COEN emita una alerta naranja para Áncash significa que el riesgo es considerable. No es un simple aviso preventivo de rutina. Es la advertencia de que las condiciones están dadas para que las quebradas se activen con fuerza. Y en nuestra región, donde muchas viviendas se han levantado en zonas cercanas a cauces naturales o en laderas inestables, el peligro es real.
Aquí surge la pregunta inevitable: ¿estamos preparados? La respuesta no puede limitarse a los informes técnicos ni a las reuniones de coordinación. La preparación se mide en acciones concretas. Municipios que limpian oportunamente drenes y alcantarillas, autoridades que supervisan zonas críticas, planes de contingencia actualizados y simulacros que no queden en el papel. Pero también se mide en la conducta ciudadana.
La prevención es una tarea compartida. No basta con exigir a las autoridades; cada familia debe revisar el estado de sus techos, asegurar estructuras débiles, evitar arrojar basura en canales y quebradas, y mantenerse informada por canales oficiales. Cruzar ríos crecidos o transitar por zonas inestables durante lluvias intensas puede marcar la diferencia entre la vida y la tragedia.
En años anteriores hemos visto cómo la falta de previsión agrava los daños. Cuando no se actúa con anticipación, el costo humano y económico se multiplica. Carreteras destruidas, interrupción de servicios básicos, pérdidas en la agricultura y el comercio. Todo ello afecta especialmente a los sectores más vulnerables.
Áncash no puede permitirse repetir errores. La alerta naranja es un llamado a actuar ahora. No cuando la quebrada ya esté desbordada, no cuando el huaico esté descendiendo, sino antes. La experiencia nos ha enseñado que la naturaleza no espera decisiones tardías.
El mensaje es claro: debemos estar alertas. Las lluvias no son solo un fenómeno estacional, son un desafío que pone a prueba nuestra capacidad de organización, responsabilidad y solidaridad. Si actuamos con prevención y coordinación, podremos reducir riesgos y proteger vidas. Si ignoramos la advertencia, las consecuencias pueden ser lamentables.
Hoy más que nunca, la prevención debe convertirse en prioridad regional. Porque en materia de desastres naturales, la diferencia entre una emergencia controlada y una tragedia mayor suele depender de lo que se hizo —o no se hizo— antes.

