Por: Walter Miguel Quito Revello
No estamos ante una especulación. Estamos ante cifras oficiales. En el distrito de Moro, el reciente control larvario inspeccionó 1,970 viviendas en 17 sectores, alcanzando una cobertura del 72 %. El resultado es alarmante: 122 casas dieron positivo a la presencia de larvas del zancudo transmisor del dengue. Los focos más críticos fueron la zona urbana y Nuevo Moro, con 30 viviendas positivas cada uno. En San Cristóbal se detectaron 11, mientras que en Santo Tomás y Cushipampa se reportaron 10 casos en cada sector. Estos números no son anecdóticos. Son una advertencia temprana. Y la estadística histórica confirma que cuando no se actúa a tiempo, el problema escala.
En 2023, la jurisdicción de la Red de Salud Pacífico Sur superó los 2,200 casos de dengue en su ámbito de intervención. Distritos como Nepeña, Nuevo Chimbote y Chimbote registraron cientos de contagios. Samanco y Moro también reportaron casos confirmados en ese periodo. Ese mismo año, Chimbote pasó de cifras manejables a superar los 2,000 contagios en pocas semanas. La curva epidemiológica no sube de manera lineal: se dispara cuando el control preventivo falla. La historia está escrita en números. Y aun así, se repite.
Los gobiernos locales no pueden alegar falta de competencias. Tienen presupuesto asignado, oficinas de salud ambiental y responsabilidad directa en la gestión del agua y saneamiento básico. La prevención no es fumigar cuando hay crisis. Es educar permanentemente, supervisar el almacenamiento de agua, coordinar con el sector salud e invertir en campañas sostenidas y técnicas. Sin embargo, la sensación ciudadana es otra: pareciera que algunos están esperando que el brote se agrave, que las cifras se disparen y que la alarma pública obligue a declarar emergencia. Recién entonces aparecerán las motobombas recorriendo las calles, las fumigadoras lanzando humo para la foto oficial y los funcionarios posando con chaleco institucional. Y mientras el humo cubre los barrios, el presupuesto se ejecuta a toda prisa en operativos vistosos que generan impacto mediático, pero no siempre soluciones estructurales. El dengue no se combate con espectáculo; se combate con prevención sostenida. Eso no es falta de recursos. Es falta de visión.
El Gobierno Regional debería liderar una estrategia integral en toda la provincia del Santa y en el ámbito costero. El dengue no reconoce límites distritales. Sin embargo, lo que suele observarse es un patrón reactivo: la emergencia declara la agenda, no la planificación técnica. Cuando los hospitales se saturan, recién se articula la respuesta. Un estadista prevé. Un administrador improvisa.
Mientras tanto, varios congresistas ya están en dinámica preelectoral. Declaraciones constantes, presencia mediática, posicionamientos políticos. Pero la pregunta es
concreta: ¿Qué gestión efectiva han impulsado para fortalecer presupuestos preventivos en salud pública en la provincia del Santa? ¿Qué fiscalización rigurosa han realizado sobre la ejecución de fondos destinados al control vectorial? La prevención del dengue no genera titulares ruidosos. Pero evita tragedias. Y eso debería bastar para que hagan su trabajo.
La provincia no solo arrastra el riesgo del dengue. También enfrenta cuestionamientos históricos sobre la calidad del agua en algunos sectores. Cuando el servicio es irregular, las familias almacenan agua. Cuando el almacenamiento no es seguro, el zancudo encuentra su espacio. Es un problema estructural, no estacional.
Hoy tenemos 122 viviendas positivas en Moro. Mañana podríamos tener cientos de casos clínicos si no se actúa con firmeza. La estadística es clara: donde la prevención es débil, la curva sube. Donde la reacción sustituye a la planificación, el gasto se multiplica. Donde la política reemplaza al gobierno, la ciudadanía paga el precio. El dengue no espera discursos. No distingue colores políticos. No respeta calendarios electorales. Y la diferencia entre gobernar y hacer campaña se mide, en salud pública, en vidas.

