Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)
Como un mismo pasado nos vinculaba, me animé, ya hace varios años, a leer sobre el México antiguo, Tenochtitlan, y sobre cómo los españoles habían arrasado con ella para fundar luego la Nueva España. En mi mente, pues, no dejaban de desfilar personajes como Moctezuma, Hernán Cortés, Xicoténcatl el Joven y otros que habían luchado en el valle de Anáhuac. En algunas noches, lo confieso, oía el choque de la obsidiana y el hierro.
Por eso, fue uno de mis más grandes sueños pisar México. Mi avión me hizo marear antes de aterrizar (gajes del aire) y un argentino que tenía como compañero de asiento no dejó de repetirme: tienes que ir a Teotihuacán. “Eh respondí, yo quiero ir a Chichen Itzá y comprarme un libro de Alfonso Reyes”. Hice, al final, las tres cosas, pero primero mis ojos tenían que abrirse a la Ciudad de México, a sus calles, a sus paredes, a sus baches.
Ahora comprendo a los conquistadores cuando llegaron por primera vez a América y compararon las villas de estas con las ciudades de Europa. Eran su única referencia. Tenochtitlan fue para Cortés la Venecia del Nuevo Mundo. De mi parte hice lo mismo: comparé Ciudad de México con Lima. Tienen bastante en común en cuanto a deslucimiento. Sin embargo, el concreto y la polución no han bloqueado la naturaleza: en Ciudad de México impera el sol y el azul más transparente que nadie puede dejar de admirarla.
El clima es intenso en México. Su frío no es nuestro frío. Esa intensidad se traslada a la comida: los tacos, los burritos, las enchiladas, acompañados de sus salsas y chiles, hincan gozosamente el paladar. La gente misma habla con la boca llena; grita las novedades del día; ríe a placer: una taquería es un fuego de delicias y palabras.
Y el ímpetu del espíritu mexicano también se observa en su fe. La Virgen de Guadalupe es como nuestro Señor de los Milagros, aunque multiplicado en el número de fieles. En Francia, yo vi la Gioconda y la gente tomaba fotografías a una obra de arte excelente; en México, se ve el cuadro de la Virgen, pero la mano tiembla o el ojo cimbra. La religión ha atravesado a los mexicanos como un arpón. Y mejor que sea así, porque los lazos fuertes son los únicos que salvan.
Ahora bien, hace tiempo he explicado que el ardor religioso de los americanos no se debe a los españoles, sino a los propios aborígenes americanos. Tanto en Perú como en México, la fe es prehispánica. De Teotihuacán (centro religioso de los aztecas) a la Basílica de Guadalupe no hay un abismo, sino una continuidad. En aquél, caminé por la calzada de los muertos; en ésta, escuché misa: en ambos sentí la misma inspiración religiosa.
Me despedí de Ciudad de México como un enamorado. Mi nuevo avión, esta vez sin mucha turbulencia, aterrizó en Cancún. Tenía en mente el objetivo principal: conocer Chichén Itzá. Es una zona arqueológica de los mayas y que deslumbra por su pirámide llamada Kukulcán. Había visto pirámides en Caral; había estado en El Cairo, frente a sus tres famosas pirámides; era, entonces, mi oportunidad de cerrar el triángulo y ver, directamente, a Kukulcán.
Por supuesto, uno queda fascinado. Los mayas habían edificado este templo con un fin astronómico y estaban tan obsesionados con la precisión que, tal como nos contó el guía, la pirámide oculta a otras dos enterradas y que fueron los intentos de búsqueda de la exactitud. Como fuese, el sol es el único emperador aquí, tanto para los antiguos como para… nosotros, que ardíamos en calor y sed.
Mi nuevo avión despegaría varios días después. Antes, había que ver el mar, una isla y otra historia de nuestro pasado latinoamericano. Lo dejaremos para la siguiente galerada.
(*) Mg. en Filosofía por la UNMSM

