Por: Dr.(c) Miguel Koo Vargas
El Perú posee uno de los proyectos gasíferos más importantes de América Latina y, sin embargo, la precariedad de nuestro sistema de seguridad en materia energética nos lleva al surrealismo de enfrentar una escasez de Gas Natural Vehicular (GNV). Largas colas en los grifos, autos incendiados y miles de conductores perdiendo horas de trabajo para abastecerse. En un país productor de gas, la pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que falte justamente lo que producimos?
El GNV se vendió durante más de una década como una de las grandes soluciones energéticas del Perú. Combustible más barato, menor contaminación, transporte público más eficiente y una oportunidad para reducir la dependencia del diésel y la gasolina. Miles de conductores invirtieron en conversiones, empresas apostaron por flotas a gas y el Estado promovió su uso como política pública.
Pero detrás de esa promesa siempre hubo una realidad menos visible, un sistema de suministro extremadamente vulnerable.
El sistema funciona, pero basta una contingencia técnica o una interrupción operativa para evidenciar su fragilidad. A diferencia de otros combustibles, el gas natural no cuenta con grandes capacidades de almacenamiento; su distribución depende de un flujo continuo desde los campos de producción hasta las estaciones de servicio. Cuando ese flujo se altera, el impacto se traslada casi de inmediato al usuario final.
Aquí aparece la contradicción de fondo. El país promueve el gas natural como pilar de su transición energética y de su competitividad económica, pero al mismo tiempo descuida el fortalecimiento de la infraestructura que garantiza su continuidad.
La seguridad energética no se construye solo con recursos naturales. Se construye con planificación, prevención y sistemas de respaldo capaces de absorber interrupciones. Cuando un combustible se convierte en pieza central del transporte urbano y de la actividad productiva, no puede depender de una estructura que se paraliza ante cualquier imprevisto.
Es inverosímil que un país rico en recursos energéticos no pueda garantizar el abastecimiento básico a sus propios ciudadanos. El problema no es solo operativo, es también un problema de visión, de planificación y, sobre todo, de responsabilidad política. El Perú no puede parar por la incompetencia de algunos. Basta de improvisación.

