Por: Walter Miguel Quito Revello
La muerte de Alfredo Bryce Echenique no es solo la partida de un escritor. Es la desaparición de una de las miradas más finas, irónicas y dolorosamente lúcidas que tuvo el Perú para observarse a sí mismo. Con Bryce se va un narrador que supo retratar, con humor y ternura, las profundas desigualdades de una sociedad que aún hoy se resiste a cambiar.
Bryce no fue un político ni un ideólogo. Fue algo más peligroso: un observador agudo de las hipocresías del poder. En novelas como Un mundo para Julius, mostró con una mezcla de ironía y melancolía cómo funcionaba la aristocracia limeña: una élite encerrada en mansiones, rodeada de servidumbre, convencida de que el Perú terminaba en los muros de sus jardines.
Su crítica no era rabiosa. Era más profunda. Bryce revelaba cómo la desigualdad se había vuelto parte natural del paisaje nacional. Los ricos podían equivocarse, abusar o destruir, y aun así conservar prestigio. Los pobres, en cambio, cargaban con el peso de la ley y el castigo.
Ese era el Perú que Bryce describía. Y, lamentablemente, ese Perú sigue existiendo.
Durante el siglo pasado, ciudades como Chimbote se convirtieron en símbolos de un país que crecía sin justicia. El boom pesquero trajo riqueza, fábricas y barcos; pero también desorden, desigualdad y contaminación. Miles de migrantes llegaron buscando trabajo y dignidad, mientras un pequeño grupo acumulaba fortunas alrededor del mar y la anchoveta.
Bryce veía en ese fenómeno una señal clara del Perú moderno: riqueza rápida, instituciones débiles y una justicia que rara vez alcanzaba a los poderosos.
Hoy, décadas después, la historia parece repetirse.
En el Perú de hoy ha surgido una nueva élite. Ya no siempre es la aristocracia de apellidos largos que Bryce retrataba. Ahora puede encontrarse en oficinas públicas, en instituciones del Estado, en ciertos despachos judiciales o en directorios empresariales. Es una clase que también vive rodeada de privilegios, convencida muchas veces de que la ley existe para otros.
Y ahí es donde la lección de Bryce sigue pendiente. Porque el verdadero mensaje de su obra era sencillo y radical: la justicia no puede tener clases sociales.
Un país donde el que roba un sol es perseguido con rigor, pero donde grandes empresas pueden contaminar ríos, explotar trabajadores o depredar recursos sin consecuencias, es un país que ha perdido el sentido de la justicia.
Las grandes empresas agroindustriales, las azucareras, las pesqueras, las anchoveteras o las industrias extractivas no pueden estar por encima de la ley. Si una persona humilde responde ante la justicia por un delito menor, con mayor razón deben responder quienes tienen poder económico cuando dañan al país, al ambiente o a la comunidad.
La verdadera justicia social la que Bryce intuía en sus páginas significa que la ley alcance con la misma fuerza al poderoso y al humilde. Ese es el país que aún debemos construir.
Bryce Echenique nos deja un legado literario inmenso, pero también una advertencia moral: las sociedades que normalizan la desigualdad terminan perdiendo su humanidad. La literatura, decía él, sirve para recordarnos que detrás de las jerarquías, los títulos y las fortunas, todos somos simplemente personas.
Quizá la mejor manera de honrar su memoria no sea solo leer sus libros, sino escuchar el mensaje que dejó escondido entre sus historias: que el Perú será verdaderamente moderno cuando la justicia deje de mirar el apellido, la cuenta bancaria o el cargo de quien tiene delante.
Ese día, tal vez, Bryce podrá descansar sabiendo que su país finalmente aprendió la lección.

