Opinión

Cosmos de Carl Sagan

Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)

«Porque nosotros somos la encarnación local del Cosmos que ha crecido hasta tener consciencia de sí». Así termina su libro Cosmos Carl Sagan, el más grande promotor de la ciencia de todos los tiempos. Científico él mismo, dedicado al estudio de las estrellas, en su ejemplar nos lanza a la aventura celeste que, al final, significaría conocerse a uno mismo.

Sagan podría ser un científico en sentido clásico: a la par de hombre de ciencia, fue escritor, filósofo y hasta religioso. Pero la cuota más importante, y que todo científico debe tener, es que supo introducir chispazos de curiosidad en cada lector u oyente. La empresa científica no es obra de un solo individuo, él afirmaba, sino que implica a generaciones enteras, a muchos países y diversas comunidades.

Cuando él dice que somos la encarnación del Cosmos, nos está refiriendo que dentro de nosotros está la clave del Universo. «Somos polvo de estrellas», señala en otra página. En efecto, somos consecuencia del choque y la acumulación de objetos estelares, tanto es así que estamos hechos de los mismos elementos que conforman a estos últimos. ¿Tenemos hierro en nuestro cuerpo? Pues bien, de eso también está compuesto el espacio extraterrestre.

Espacio interestelar que es inmensísimo. Nuestra galaxia llamada Vía Láctea podría tener cien mil millones de soles, y sin embargo, en el universo observable hay no menos de un centenar de miles de millones de galaxias. ¡Y tan solo es el universo observado, porque podría haber muchas más! Esto genera vértigo en legos y académicos por igual. La otra constatación, que nos enseña Sagan, es que ese mismo espacio se encuentra en expansión, como una goma que se estira más y más, ocasionando que las galaxias se distancien aún más. ¿Y hacia dónde van? Nadie sabe. Nadie puede saberlo en este siglo.

La especie humana, por ende, es solo un granito de arena en la infinidad del Cosmos. Pero la gran ventaja es que, al menos, ya tenemos consciencia de ello, aunque nos costó un largo trecho (unos diez mil millones de años desde el big bang). Lo que sigue ahora, según Sagan, es volar. Viajar hacia las estrellas. La humanidad no puede quedarse en la Tierra, así como los europeos no se quedaron en Europa, ni los incas se quedaron en el Cuzco. El instinto de descubrimiento está en nuestro código genético. Y ya lo estamos haciendo: se ha enviado máquinas de investigación a otros planetas y discos (como el Voyager) programados para viajar más allá de nuestro sistema solar y con cartas de presentación de la Tierra.

Dije que Sagan podría ser considerado también como un religioso. En ese caso, ¿dónde está Dios en este vastísimo Cosmos? Sagan cree en el azar y en el número infinito de estrellas para asumir que las cosas se dieron tal como ahora las conocemos; sin embargo, incluso sin mencionar a Dios, no niega el halo de misterio que impregna al todo. Y, precisamente, esa admiración por el misterio, muy evidente en sus líneas, es que lo vincula con los grandes religiosos de nuestra historia. Todos nos preguntamos por el destino del universo; todos somos religiosos.

La más conmovedora batalla la da Sagan en el último capítulo de su libro: “¿Quién habla en nombre de la Tierra?”. Ya sea por una casualidad o por Dios, la Tierra está ahí, la pisamos y respiramos gracias a ella: ¿qué es lo que toca hacer ahora? Cuando escribía, Sagan estaba en el contexto de la Guerra Fría y la amenaza latente de un conflicto nuclear que podría cambiar (si no eliminar) drásticamente la vida humana. Al fin y al cabo, una especie más que desaparece es parte de la historia del planeta. ¿Qué hacer?

Si estamos sentados ahora en algún lugar, leyendo esto, nos hacemos esa pregunta con cierta frustración. Invertimos más en armamento que en exploración espacial. Invertimos más en bombas que en escuelas. La guerra es una realidad en estos momentos. No obstante, la ciencia también es real y está al alcance de nuestra mano: esa es la luz en la oscuridad que debemos mantener, el verdadero fuego de la vida.

(*) Mg. en Filosofía por la UNMSM