Lo revelado por la Contraloría General de la República sobre el Instituto de Educación Superior Tecnológico Público “Carlos Salazar Romero” no es un hecho aislado ni menor. Es, más bien, el reflejo de una práctica sostenida en el tiempo que desnuda una preocupante cultura de descontrol, permisividad y, presuntamente, corrupción en una institución que debería formar profesionales y valores.
Que 20 funcionarios y servidores públicos estén comprendidos en hechos que ameritan denuncia penal por parte de la Procuraduría Anticorrupción no solo es grave por el número, sino por lo que implica: una red de decisiones y omisiones que, durante años, permitió el manejo irregular de recursos generados por el propio instituto. No se trata de un error administrativo puntual, sino de un patrón que, según el informe, se habría extendido por cerca de una década.
Uno de los aspectos más alarmantes es el referido al alquiler de lotes de terrenos comerciales. Estos espacios, que representan una fuente legítima de ingresos para la institución, habrían sido administrados al margen de las normas del Estado. Los cobros realizados según detectó la Contraloría no fueron canalizados adecuadamente, lo que abre serias interrogantes: ¿a dónde fue ese dinero?, ¿quién lo controlaba?, ¿por qué no se aplicaron los mecanismos de supervisión?
La ausencia de control no es casual. Es el resultado de una débil institucionalidad interna, donde los procedimientos pueden ser ignorados sin consecuencias inmediatas. Cuando los sistemas de fiscalización fallan o son deliberadamente eludidos, el terreno queda libre para prácticas discrecionales que terminan afectando directamente al interés público.
Más preocupante aún es el impacto acumulado. No hablamos de un perjuicio ocasional, sino de recursos que, durante años, pudieron haberse destinado a mejorar la infraestructura educativa, equipamiento o calidad académica del instituto. Cada sol mal administrado es una oportunidad perdida para cientos de estudiantes que confían en la educación pública como herramienta de progreso.
Este caso también pone en evidencia la necesidad de fortalecer el rol de la Procuraduría Anticorrupción, que ahora tiene la responsabilidad de actuar con firmeza y celeridad. La ciudadanía espera que las recomendaciones de la Contraloría no queden en el papel. La sanción efectiva de los responsables es clave para enviar un mensaje claro: la impunidad no puede seguir siendo la regla.
Sin embargo, la respuesta no debe limitarse a lo penal. Es imprescindible que se implementen reformas internas en el instituto que garanticen transparencia en la gestión de recursos propios, especialmente en actividades como el alquiler de bienes. Sistemas de control más estrictos, rendición de cuentas periódica y vigilancia ciudadana son medidas urgentes.
El Instituto “Carlos Salazar Romero” no puede convertirse en sinónimo de irregularidades. Tiene la obligación de recuperar su credibilidad y, con ella, la confianza de la comunidad. Porque cuando una institución educativa falla en su integridad, no solo se compromete su presente, sino también el futuro de quienes dependen de ella.
Hoy más que nunca, este caso debe marcar un punto de quiebre. No basta con indignarse; es momento de corregir, sancionar y construir una gestión pública que esté realmente al servicio de la ciudadanía.

