En el Perú, hablar de minería en zonas altoandinas suele activar de inmediato las alarmas sociales. Y no es para menos. Durante décadas, la actividad extractiva ha estado asociada a impactos ambientales y conflictos con comunidades. Sin embargo, el caso de Jimbe, en las alturas de la Cordillera Negra, nos obliga a mirar con mayor rigor y menos prejuicio.
La reciente decisión del Ministerio Público de no formalizar investigación preparatoria contra las empresas señaladas por presunta minería ilegal y contaminación ambiental marca un punto de inflexión. No se trata de una opinión ligera, sino de una conclusión sustentada en informes técnicos de la Dirección Regional de Energía y Minas y de la Autoridad Nacional del Agua, entidades competentes en la materia. Ambos coinciden en algo clave: no hay evidencia de contaminación severa ni de actividad minera ilegal.
Este tipo de pronunciamientos debería contribuir a ordenar el debate. Porque una cosa es la legítima preocupación por el medio ambiente, y otra muy distinta es sostener acusaciones sin respaldo técnico. Cuando se confunden ambos planos, el resultado es perjudicial para todos: se debilita la confianza en las instituciones, se estigmatiza la inversión formal y se genera un clima de conflicto permanente.
Pero tampoco se trata de cerrar los ojos. El hecho de que no se haya encontrado contaminación en este momento no significa que el riesgo no exista. La vigilancia debe ser constante, transparente y participativa. La experiencia nacional demuestra que los problemas ambientales muchas veces aparecen cuando el control se relaja o cuando la actividad crece sin supervisión adecuada.
Otro aspecto preocupante es el escenario social que rodea este caso. Más de 400 trabajadores, según se señala, llevan meses sin poder laborar debido al bloqueo de accesos. Aquí surge una pregunta inevitable: ¿quién asume la responsabilidad por las consecuencias económicas y sociales de una paralización basada en denuncias que no prosperaron? El derecho al trabajo también es un factor que debe entrar en la ecuación.
La actividad privada es el motor de la economía en nuestro país por eso es importante cuando aparecen los resultados que evidencian que no hay contaminación ni tampoco minería ilegal. La actividad privada no puede ser paralizada por el capricho de algunos, sobre todo cuando hay de por medio memoriales de todo un pueblo como el de San Luis de Cochapeti que pide el retorno al trabajo de esa actividad económica.
Además, resulta necesario que las autoridades políticas actúen con prudencia. Pronunciarse sin un conocimiento pleno del problema puede agravar tensiones en lugar de resolverlas. En contextos sensibles como este, el liderazgo exige responsabilidad, información y, sobre todo, respeto por las conclusiones técnicas.
Jimbe no es solo un caso puntual. Es un reflejo de un problema mayor en el país: la dificultad para equilibrar desarrollo, medio ambiente y confianza institucional. Si algo deja esta situación, es una lección clara: las decisiones deben basarse en evidencia, no en presiones ni percepciones.
Porque al final, ni la minería puede avanzar sin licencia social, ni las comunidades pueden defender su territorio sin información verificada. Entre la sospecha y la evidencia, el Perú necesita aprender a construir consensos.

