Por: Dr.(c) Miguel Koo Vargas
Esta semana arrancan los debates presidenciales en el Perú. En teoría, se trata de uno de los momentos más importantes de toda contienda electoral. Sin embargo, hay una pregunta incómoda que atraviesa todo este proceso y que, curiosamente, casi nadie quiere formular con claridad: ¿tiene sentido hablar de debate cuando hay 35 candidatos en carrera?
La cifra no es anecdótica. Es el reflejo de un sistema electoral permisivo, fragmentado y, en muchos aspectos, profundamente disfuncional. A primera vista, podría pensarse que una amplia oferta de candidatos es señal de una democracia saludable, plural y abierta. Pero la evidencia comparada sugiere exactamente lo contrario. Cuando el número de postulantes crece sin filtros reales, lo que se produce no es mayor representación, sino una dispersión del voto que termina debilitando la legitimidad del sistema. A mayor fragmentación política, menor capacidad de construir mayorías estables y, por tanto, mayor riesgo de crisis.
La llamada “sábana electoral” es, en ese sentido, un síntoma claro de la incapacidad del sistema político para ordenar la competencia y filtrar liderazgos mínimos. En democracias más consolidadas, existen mecanismos que limitan la proliferación de candidaturas sin sustento. Requisitos más exigentes para la inscripción de partidos, elecciones primarias reales, o umbrales que obligan a demostrar representatividad antes de llegar a la contienda nacional. En el Perú, en cambio, se ha normalizado una suerte de inflación de aspiraciones presidenciales, donde basta cumplir requisitos administrativos para aparecer en la cédula, independientemente de la solidez del proyecto político detrás.
Y cuando este escenario se traslada a los debates, el problema se agrava. Lo que debería ser un ejercicio de deliberación se convierte en una sucesión de intervenciones breves, superficiales y sin posibilidad real de contraste. Con decenas de candidatos, el tiempo se diluye en segundos, las ideas no se desarrollan y el ciudadano no logra comparar propuestas, apenas percibe slogans. En lugar de fortalecer la democracia, el debate termina simulándola.
Lejos de empoderar al ciudadano, esto lo desorienta. El voto deja de ser una decisión informada para convertirse en un acto emocional, en un voto de descarte o, en muchos casos, en una apuesta incierta.
En este contexto, el rol de las instituciones electorales merece una reflexión más profunda. Permitir que tantos candidatos lleguen a la boleta no es una decisión inocua. Tiene consecuencias directas en la gobernabilidad futura del país. El Perú no necesita más candidatos. Necesita mejores candidatos, pero con 35 nombres, repetimos los riesgos del pasado de que los debates se conviertan en un espectáculo fragmentado que refleja, más que una democracia robusta, una democracia saturada, desordenada y, sobre todo, incapaz de filtrar a quienes realmente están en condiciones de gobernar. Y esa, más que cualquier otra, es la discusión que el país sigue postergando.

