En Chimbote, hablar del Hospital La Caleta es referirse no solo a un establecimiento de salud emblemático, sino también a una deuda histórica con la población. Hoy, esa deuda se hace más evidente frente a las recientes observaciones de la Contraloría, que han puesto en evidencia múltiples deficiencias en la atención y servicios. Es cierto que en noviembre del 2025 se iniciaron las obras del futuro hospital en los terrenos de Dos de Mayo pero eso llevará unos tres años, se sobre entiende que la obra está en camino. Mientras tanto existe un IOARR valorizado en aproximadamente 10 millones de soles que, desde junio de 2025, no logra concretarse a través del Gobierno Regional de Áncash. Lo anunciaron, pero hasta el momento no hay noticias. Un IOARR Inversiones de Optimización, Ampliación Marginal, Reposición y Rehabilitación no es un proyecto cualquiera. Su naturaleza responde justamente a la urgencia: intervenciones rápidas, focalizadas y necesarias para mejorar las condiciones de infraestructura, equipamiento y servicios. Es decir, no estamos hablando de procesos complejos o de largo aliento, sino de acciones concretas que deberían ejecutarse en plazos razonables. Entonces, la pregunta es inevitable: ¿por qué no se ha hecho? La respuesta parece estar más ligada a la ineficiencia que a la falta de recursos. Mientras los expedientes técnicos se entrampan en la burocracia o la falta de voluntad política, el hospital continúa operando en condiciones que no garantizan una atención digna. Equipos inoperativos, ambientes inadecuados, servicios limitados y una organización deficiente son parte del día a día que enfrentan tanto pacientes como personal de salud. Lo grave es que esta situación no es nueva, pero sí cada vez más insostenible. La población más vulnerable de Chimbote y Nuevo Chimbote depende de este hospital, y cada retraso en la ejecución del IOARR representa una oportunidad perdida para mejorar diagnósticos, tratamientos y, en muchos casos, salvar vidas. No se trata de cifras ni de documentos archivados: se trata de personas. Más aún, el contraste entre lo que se sabe que falta en el hospital y la inacción frente a una inversión disponible resulta inaceptable. La Contraloría ha cumplido su rol al advertir las deficiencias, pero ahora corresponde a las autoridades actuar con firmeza y celeridad. No hay espacio para excusas cuando la salud pública está en juego. Este caso refleja un problema mayor en la gestión pública: la desconexión entre la planificación y la ejecución. Se anuncian proyectos, se asignan recursos, pero no se traducen en mejoras reales para la población. Y mientras tanto, los ciudadanos siguen esperando. La situación del Hospital La Caleta exige decisiones inmediatas. No se puede seguir postergando una intervención que ya cuenta con presupuesto y justificación técnica. La salud no puede depender de la lentitud administrativa ni de la indiferencia política. Porque en el fondo, cada día que pasa sin ejecutar ese IOARR no es solo un retraso más: es una muestra de abandono. Y en salud, el abandono también cuesta vidas.

