Editorial

Proteger el pasado para no perder la identidad

La reciente decisión del Ministerio de Cultura del Perú de ordenar la protección provisional de tres sitios arqueológicos en Áncash constituye una medida necesaria, pero también evidencia una problemática estructural que el país arrastra desde hace años: la fragilidad en la protección efectiva de su patrimonio cultural frente al avance de actividades humanas no reguladas.

Los casos de Shillcop, Yanachaca y, en especial, Salitre, ubicado en Jimbe, reflejan con claridad cómo la falta de control, la débil presencia del Estado y la escasa conciencia ciudadana permiten la afectación directa de bienes que forman parte de la historia milenaria del Perú. No se trata simplemente de espacios antiguos, sino de legados culturales que contienen información invaluable sobre las sociedades prehispánicas y su relación con el entorno.

Particularmente grave resulta lo ocurrido en el sitio arqueológico Salitre, donde se han instalado cultivos y sistemas de riego dentro de un área intangible. Este tipo de intervenciones no solo deteriora estructuras, sino que destruye contextos arqueológicos que son fundamentales para la investigación científica. Cada remoción de tierra sin control implica la pérdida irreversible de conocimiento histórico.

No obstante, sería simplista atribuir toda la responsabilidad únicamente a los pobladores que realizan estas actividades. En muchos casos, estas acciones responden a la necesidad económica y a la falta de información sobre el valor del patrimonio. Por ello, el problema debe abordarse desde una perspectiva integral que combine fiscalización, educación y desarrollo sostenible.

En este contexto, el rol del Estado, a través del Ministerio de Cultura del Perú, es clave. La protección provisional por dos años, oficializada en El Peruano, debe ser aprovechada para implementar medidas concretas que vayan más allá de la señalización y delimitación. Es indispensable fortalecer la vigilancia, promover campañas de sensibilización y, sobre todo, trabajar de manera articulada con los gobiernos locales y las comunidades.

Asimismo, se requiere impulsar mecanismos que permitan compatibilizar la conservación del patrimonio con las actividades productivas de la población. La puesta en valor de estos sitios podría convertirse en una oportunidad para el desarrollo turístico y económico de la zona, siempre que se gestione de manera adecuada y sostenible.

El Perú posee una riqueza cultural excepcional, pero su preservación sigue siendo una tarea pendiente. Lo ocurrido en Áncash debe ser una llamada de atención para actuar de manera preventiva y no reactiva. Proteger nuestro patrimonio no es solo una obligación legal, sino un compromiso con nuestra identidad y con las futuras generaciones. Porque cada sitio arqueológico que se pierde es una historia que deja de contarse.