Por: Dr.(c) Miguel Koo Vargas
A una semana de las elecciones, las preferencias electorales vuelven a moverse. No por la irrupción de una propuesta sólida ni por un debate programático que haya elevado la discusión pública, sino por un evento que, bajo la etiqueta de “debate”, terminó funcionando como lo que en realidad es, un dispositivo de entretenimiento político. Y quizá ese es el problema de fondo que seguimos evitando. No estamos frente a una distorsión ocasional del sistema democrático, sino ante una expresión bastante fiel de cómo hoy está diseñado para operar.
El reciente formato promovido por el Jurado Nacional de Elecciones no es fallido por accidente, sino por concepción. En un escenario con tiempos fragmentados, intervenciones limitadas y una lógica que privilegia la confrontación breve sobre la argumentación sostenida, lo que se impone no es la calidad de las ideas, sino la eficacia del impacto. El debate deja de ser un espacio de deliberación para convertirse en un entorno de competencia simbólica donde gana quien logra instalar mejor una percepción en pocos segundos.
A ello se suma un elemento estructural que agrava el problema: la sobreoferta de candidaturas. Cuando el sistema permite, o incluso incentiva, la proliferación de opciones sin filtros suficientemente exigentes traslada al ciudadano una carga cognitiva que resulta, en la práctica, inmanejable. Evaluar con criterio comparativo a una docena larga de candidatos en un contexto de información fragmentada no es realista. Lo que emerge entonces no es una decisión informada, sino una decisión heurística. El elector no elige tras analizar, sino tras percibir. Y en ese terreno, el espectáculo tiene todas las de ganar.
Lo más inquietante no es que esto ocurra, sino que se haya vuelto funcional. Un sistema que organiza debates de esta naturaleza no solo está fallando en promover deliberación, sino que está moldeando activamente el tipo de liderazgo que emerge de él. Premia al más visible sobre el más competente, al más eficaz en el intercambio inmediato sobre el más consistente en el largo plazo. Y en esa lógica, la política se adapta. Los candidatos no preparan mejores propuestas, preparan mejores intervenciones.
Así, la democracia mantiene su forma, hay elecciones, hay debates, hay voto, pero pierde progresivamente su sustancia. Se cumple el ritual, pero se vacía el contenido. Y en ese vaciamiento, la legitimidad del resultado se sostiene cada vez más en la apariencia del proceso que en la calidad de la decisión colectiva que produce.
Tal vez la pregunta ya no sea por quién votar, sino en qué condiciones estamos votando. Porque mientras no se corrijan los incentivos del sistema, desde la cantidad de candidaturas hasta el diseño mismo de los espacios de contraste, seguiremos participando de una democracia que simula informar, pero que en realidad empuja a reaccionar. Y en política, decidir reaccionando es, casi siempre, decidir mal.

