Por: Walter Miguel Quito Revello
Áncash no está enfermo. Áncash está mal diagnosticado. Nos han querido convencer de que el problema es la falta de hospitales, de médicos o de presupuesto. Pero la verdad es otra: el problema es la incapacidad de quienes gobiernan.
Lo que ocurre en el Hospital La Caleta no es una excepción, es un síntoma. Infraestructura colapsada, equipos inoperativos, servicios que no responden. Un hospital que debería salvar vidas, pero que apenas sobrevive. Y lo mismo ocurre en el Hospital Regional Eleazar Guzmán Barrón, que lejos de ser solución, arrastra limitaciones y cuestionamientos que lo mantienen por debajo de lo que la población merece.
Pero si en la ciudad los hospitales colapsan, en el valle la realidad es peor: ahí el hospital ni siquiera existe. En San Jacinto, la salud no está en crisis… está ausente. El hospital no es una obra paralizada, es una promesa que nunca se concretó. Un proyecto que no avanzó, una necesidad que no fue prioridad, una población que sigue dependiendo de trasladarse hasta Chimbote para algo tan básico como atender una emergencia. San Jacinto no tiene hospital. Tiene abandono. Y ese abandono se conecta directamente con lo que ocurre en toda la región.
Ahí están los hospitales de Caraz, Casma, Recuay y Pomabamba. Obras a medio construir, con millones invertidos, pero detenidas por burocracia, por incapacidad o por simple desinterés. Hospitales que existen en papeles y en estructuras vacías, pero no en la vida real de la gente. Caraz, Casma, Recuay, Pomabamba… y San Jacinto. Distintas realidades, el mismo problema: un Estado que no cumple.
Porque en Áncash no solo hay hospitales en emergencia…, hay hospitales inconclusos, paralizados y otros que nunca llegaron a existir. Y entonces la pregunta es inevitable: ¿qué han hecho con el dinero?
El presidente del Gobierno Regional de Áncash ha tenido presupuesto, ha tenido tiempo y ha tenido la obligación de cambiar esta realidad. Pero ha fallado en lo más básico: ejecutar. Gobernar no es anunciar. Gobernar no es culpar. Gobernar es hacer. Y aquí no se ha hecho lo mínimo.
Porque administrar recursos y no transformarlos en hospitales es como ir al mercado con dinero en el bolsillo y regresar con las manos vacías, mientras la familia espera. No es una metáfora. Es la realidad de Áncash.
Pero el problema no se queda en el Gobierno Regional. El Estado en su conjunto también falla. El Ministerio de Economía paraliza, las entidades no se coordinan y las obras se entrampan. El sistema se vuelve lento, ineficiente… y la salud queda en segundo plano. Y como si todo esto no fuera suficiente, la crisis ya no solo se ve… se escucha.
Los médicos del Hospital Regional Eleazar Guzmán Barrón han tenido que salir a protestar, paralizando sus labores como medida desesperada frente a condiciones que ya no pueden sostener. Falta de insumos, sobrecarga laboral, abandono institucional. Cuando el propio personal de salud deja de atender para exigir lo mínimo, el mensaje es claro: el sistema ya no resiste. Porque cuando los médicos protestan, no es política. Es colapso.
Y mientras todo eso ocurre, los congresistas ya están en campaña. Recorren la región, visitan distritos, aparecen en fotos. Pero no explican por qué San Jacinto sigue sin hospital. No explican por qué Caraz, Casma, Recuay o Pomabamba están paralizados. No explican por qué la gente sigue esperando.
Algunos buscan el Senado. Otros quieren regresar como diputados. Otros apuntan al Gobierno Regional. Todos hablan de futuro. Ninguno responde por el presente. Porque mientras ellos hacen cálculos electorales, la población hace colas. Mientras ellos prometen, la gente sigue viajando kilómetros para atenderse. Mientras ellos proyectan poder, la salud pública sigue deteriorándose. Y eso no es solo ineficiencia. Es abandono institucional.
Áncash no necesita más candidatos. Necesita autoridades que funcionen. Necesita que San Jacinto deje de ser una promesa. Que Caraz, Casma, Recuay y Pomabamba dejen de ser estructuras vacías. Que La Caleta deje de sobrevivir y empiece a funcionar como un verdadero hospital. Porque hoy lo que tenemos no es un sistema de salud. Es un sistema que falla, que posterga y que abandona.
Y así, entre hospitales en emergencia, obras paralizadas y autoridades en coma, la región sigue esperando. Esperando que alguien, por fin, entienda que gobernar no es prometer…es cumplir.
Y cuando no se cumple, cuando se tiene el presupuesto, el tiempo y la responsabilidad, pero se falla en lo más básico, lo honorable no es justificarse ni mirar a otro lado. Lo honorable, en cualquier sociedad que se respete, es dar un paso al costado. Porque Áncash no necesita autoridades que resistan en el cargo. Necesita autoridades que estén a la altura del cargo. Y cuando eso no ocurre, la renuncia no es un acto de debilidad…, es el mínimo gesto de responsabilidad.

