Editorial

CÉSAR ÁLVAREZ AGUILAR, TRAIDOR A CHIMBOTE

POR: GERMÁN TORRES COBIÁN

Qué prototipo, qué paradigma para la historia de la infamia chimbotana y ancashina ha protagonizado César Álvarez Aguilar, generador de un tsunami que arrasó no solo con el erario público sino también con la ética de las instituciones y las esperanzas de cientos de miles de pobladores de las clases medias, de los pobres y los más menesterosos de esta tierra ancashina. En estos días se cumplen dos años de su  prisión preventiva, más que justificada por la sucesión de delitos cometidos por él y su banda de forajidos “Cuenta Conmigo”, mientras ejercían el poder en el Gobierno Regional de Ancash. Un día sí y otro también, la Contraloría General y el Ministerio Público destapan más fechorías atribuibles a este sujeto; transgresiones a la ley cuyo número y tipificaciones rebasan los artículos del Código Penal.

En sucesivas notas escritas en diferentes medios de comunicación, hemos apuntado algunos acontecimientos que llevaron a Álvarez al poder; también hemos analizado someramente la personalidad psicopática de “la bestia de Ancash” y nos hemos referido a algunos aspectos de sus delitos. Pero, lo que jamás haremos ni deberían hacer los comentaristas políticos, es considerar los siete años de César Álvarez Aguilar y todo lo que se le achaca, como un período fatal producido por la casualidad; por la aparición de la noche a la mañana de uno más de los politicastros a los que estamos acostumbrados. No puede admitirse la tesis simplista de que en un momento dado aparece un “loco”, se rodea de  otros “locos”, embauca a una ciudad con sus lloriqueos, y con el cuento de que ama a Chimbote, conduce a todo el mundo a la locura y al  desastre. Esta interpretación puede conducir a la falsa idea de que un conjunto de casualidades de este tipo no puede volver a producirse. Y, sin embargo, se están repitiendo con Waldo Ríos en el GRA, que reparte y reitera a los periodistas  el estribillo “que Dios me los bendiga a todos”.

En efecto, mientras consumaba todas las barbaridades ya conocidas y otras por conocer, César Álvarez no estaba loco (en el sentido estricto que posee esta expresión en psiquiatría). Era una persona común y corriente, incluso vulgar, (al estilo de los que nos reseña la filósofa judía alemana, Hannah Arendt, en su libro “La banalidad del mal”, sobre el proceso a Adolf Eichmann). Álvarez pudo haber  perdido la percepción de la realidad al sentirse dotado de tanto poder, pero no es fácil admitir la idea de que hubiera podido enloquecer a sus colaboradores, a la chusma que le vitoreaba, a su prensa mercenaria, a los magistrados que intentaron la impunidad de sus delitos,  y a quienes llegaron  hasta el  asesinato para mantenerlo en el poder. A nuestro criterio, la multiplicidad de crímenes que promovió Álvarez mientras estaba a cargo del GRA, era la consecuencia no de una locura, sino de un plan minuciosamente preparado cuyo objetivo fundamental  era volver ricos a los líderes de “Cuenta Conmigo”, y que solo podía ser mantenido mintiendo y comprando las conciencias de todo el mundo.  Por eso, no todo lo sucedido debe atribuírsele solamente a él. Hubo compinches que le apoyaron, y jueces, fiscales, congresistas, empresarios, profesionales, periodistas y locutores que se pusieron a su servicio. Sin embargo, la figura de Álvarez fue clave en todo el entramado criminal. Fue el conductor de una gestión ejercida  única y exclusivamente para arrasar con el dinero público. Por tanto, las responsabilidades son claras en cuanto le atañe a él, pero también en lo que corresponde a los demás miembros de su organización delictiva: Luis Arroyo Rojas, José Luis Burgos Guanilo, Hernán Molina Trujillo, Pamela Bermúdez, Dirce Valverde, Víctor López  Padilla, Modesto Mondragón Becerra, Juan Espinoza Linares (“El caballito justiciero”), Nelson Vásquez Baca, Rossy Olivares, Sandor Renilla Horna, y otros. Todos los mencionados constituyeron un red de malhechores que el juez que ordenó sus respectivas capturas ha denominado “asociación ilícita para delinquir”, en cuanto y en tanto que todos ellos asumieron una función que tenían que cumplir cabalmente para que el engranaje criminal  funcionara adecuadamente.

Los innumerables actos de corrupción de Álvarez y  sus secuaces están siendo revelados casi diariamente en los medios de comunicación. Los excesos cometidos durante sus siete años de gestión en el GRA, superan todo lo que hubiera podido imaginar cualquier mente calenturienta. Las preguntas son: ¿Cómo se llegó a esta situación?, ¿cómo se produjo sin que la mayoría de la sociedad lo advirtiera en principio?, ¿cómo es posible que solo unos cuantos periodistas honestos se dieran cuenta del alcance de la corrupción y lo denunciara, y la mayoría hiciera la vista gorda ante el descarado latrocinio que se estaba consumando? Desde  2011, año en que César Álvarez comenzó su segundo período, muchos columnistas de diarios y comentaristas radiales empezamos a vislumbrar indicios de que graves hechos estaban sucediendo con el dinero de la Región: obras de agua y desagüe mal ejecutadas; edificaciones en la sierra que se caían a pedazos; estadios, hospitales y colegios que no se concluían habiéndose pagado el total de los trabajos; carreteras sobrevaloradas; alquileres fingidos de equipos, planillas fantasmas y sobredimensionamiento de personal en el Proyecto “Chinecas”; coimas en todas y cada una de las licitaciones… Muchos denunciamos algunos de estos delitos, sin embargo, tuvo que acontecer el asesinato de Ezequiel Nolasco para que recién la Justicia tomara en serio los desmanes que estaban cometiendo Álvarez y su pandilla de delincuentes.

En fin, nunca dejará de sorprendernos la magnitud del desastre que nos ha legado César Álvarez, un individuo insignificante, carente por completo de carisma, un sujeto más bien inculto, un don nadie simplón, un charlatán desprovisto de cualquier idea de interés para Chimbote y la Región Ancash, un ambicioso cuyo único norte fue la conquista del poder y el robo del dinero público; en suma, un vulgar oportunista que ahora encarna el más funesto antichimbotanismo que ha pasado por nuestra ciudad. Para muchas generaciones de porteños, el nombre de  César Álvarez estará ligado a la historia de esta ciudad  como el más grande traidor a Chimbote.