Opinión

HOY SER ROMÁNTICO LINDA CON EL ACOSO BURDO

Por: RAÚL MENDOZA CÁNEPA

Viendo y escuchando Eugenio Oneguin, ópera en tres actos de Tchaikovski (basada en la novela del mismo título de Pushkin) es difícil no pensar en el viejo romanticismo. Eran tiempos de duelos al aire libre por honras mancilladas. Realmente, el ideal del amor importaba y mucho. Leyendo la novelística romántica inglesa o volviendo los ojos al amor en la Edad Media o, incluso, a Hollywood de la guerra y posguerra, se percibe que algo se ha perdido. Mi padre coleccionaba discos con melodías de largometrajes románticos y perdió los ojos en múltiples repeticiones de Gone with the wind. Glenn Miller dominaba sus oídos. “Moonlight serenade” resonaba en su sala.

La idealización de la mujer o del hombre en una trama podían animar al individuo común y hacerle creer que existe un hilo rojo que ata dos destinos, que dos seres habrán de encontrarse sí o sí porque, como en el mito, fueron separados en la creación. El amor deja de ser fusión (supongo que por allí iba Fromm) para tornarse en ideal de vida o quizás en una terca esperanza, la de aquel que aguarda inútil, tan inútil como se espera a Godot; como se espera la carta que no ha de llegar (El Coronel no tiene quien le escriba) o cualquier otra circunstancia en la que “existir” es una larga pausa previa al enamoramiento, que es vida. Escribía Pessoa sobre aquel “que espera al pie de una puerta de un muro sin puertas”.

Quizás el ideal, finalmente, tenga más importancia como tal, que el amor mismo. ¿Se imagina si Romeo y Julieta no morían, se casaban y culminaban la existencia sobrecargados o con platos en la cabeza? Igual, hablar de amor interesa menos que la política. Vivimos tiempos en los que ser romántico o enamorarse no tiene una frontera clara con el acoso burdo. Ocurre quizás porque muchos hombres han hecho lo posible para destruir el ideal, convirtiéndolo en cosificación sexual. En la música, en la publicidad y en el grosero comportamiento común, el amor se torna en antigualla y la contemplación platónica en apetito elemental.

Quizás por tal, para quienes expresaban décadas atrás sus sentimientos elevados con poesía, las cartas de amor son ridículas, como lo son los versos de amor; Pessoa lo trazó en esos mismos términos. La muerte del romance, el deterioro de la galantería, el sumo ideal de la unión (utopía al fin) restaron espíritu al siglo XX y XXI. Desde luego, siempre el matrimonio podía echarlo a perder, tanto como la dominación del más fuerte. Las grandes historias de amor son, así, sublimes y bellas historias fracasadas, se quiebran en la tragedia o se frustran en la ruptura sin llegar a madurar.

Los “cazadores” creen que su ruda invasión es seducción, equivocan los términos. Casanova seducía, Romeo amaba; uno recibía para abandonar, el otro daba hasta morir. No es de buena usanza actual un “te amo”, al común le suena anticuado, cursi. La vida los fuerza a adorar a Calibán. El romance pasó de moda. Con certeza, Pinglo se ha quedado solo. (Tomado de El Montonero) (www.elmontonero.pe)