Por: Fernando Zambrano Ortiz.
Analista Político
En la Amazonía, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, se ha sacado de la manga un «patriotismo de ocasión»: quiere jugar ajedrez político con una raqueta de tenis. Traslada la fiesta del 20 de julio a Leticia y, de paso, acusa al Perú de “anexionarse” nuestras tierras, como quien usa efectos especiales en una serie de bajo presupuesto. Ese fantasma de la “anexión” no es más que otro truco de feria: mucho humo, luces y ninguna sustancia jurídica real.
Detrás de esta teatralidad fronteriza sin ningún respaldo jurídico hay un objetivo tan claro como los ríos amazónicos: avivar el fervor de sus votantes en el sur, esa misma zona donde Petro cosechó sus mayores victorias electorales. Putumayo (79,67 %), Vaupés (74,03 %), Amazonas (54,61 %) y Guainía (51,69 %) no son cifras de un concurso de belleza, sino los departamentos en los que sus propuestas encontraron más eco en 2022.
Mientras en Bogotá y el Eje cafetero la política nacional coquetea con la polarización, el presidente prefiere los aplausos de los rincones olvidados. Nada como una buena dosis de “¡Perú nos quiere quitar nuestras tierras!” para cambiar el guion de refranes y titulares: de “paro de transportistas” a “¡amenaza externa!”.
Y es que, con reformas congeladas en el Congreso y un índice de aprobación que se desploma, ¿qué mejor que un enemigo imaginario para distraer a la gente? El asunto limítrofe funciona como el show de medio tiempo: entretiene, calma a la multitud y revitaliza la narrativa de unidad nacional.
Por si fuera poco, fingir mano dura contra un país vecino moldea su perfil de líder indomable. La oposición interna tiembla: si criticas esta estrategia, te etiquetan de “traidor” al país. Así, el único voto que parece importar es el del Parlamento, y Petro consigue negociar leyes con una sonrisa de campeón.
Sin embargo, señor presidente, mientras usted presta más atención al mapa político que al mapa real, Boyacá y otras regiones sufren otro tipo de invasión: la del narcotráfico. Esa amenaza no se desvanece con discursos pomposos. Se combate con presencia, inteligencia y recursos bien dirigidos, no con titulares sensacionalistas.
Le queda un año en la presidencia. Deje de jugar al gran ajedrecista de la diplomacia y empiece a mover las piezas donde verdaderamente importan: seguridad, economía y bienestar de los colombianos. Porque la soberanía real no se defiende con gestos de confrontación, sino con resultados que se ven cada día en la vida de la gente.

