Por: Dr.(c) Miguel Koo Vargas
En un país con nueve presidentes en diez años, hablar de elecciones ya no genera expectativa, sino cansancio. La democracia peruana se ha vuelto una sucesión de reemplazos, una rotación acelerada donde los nombres cambian más rápido que las reglas. Y, sin embargo, las elecciones que vienen no son una más en el calendario. Son una prueba de madurez institucional.
Lo que está en juego no es solo quién ocupará Palacio. Está en juego si el Perú seguirá atrapado en el ciclo de improvisación, confrontación y pactos subterráneos que nos han traído hasta aquí, o si empezamos, por fin, a exigir algo más que carisma, espectáculo o promesas fáciles.
Elegimos por emociones, no por proyectos. Elegimos símbolos, no equipos. Elegimos discursos de ruptura que luego terminan negociando con lo mismo que prometieron combatir. Y después nos sorprendemos cuando el sistema colapsa sobre sí mismo.
El país no está polarizado ideológicamente. Está fragmentado institucionalmente. El problema no es izquierda o derecha. Es precariedad de la clase política. Es la ausencia de partidos sólidos, de cuadros técnicos consistentes, de planes de gobierno que sobrevivan más allá de la campaña. Es la normalización del cálculo inmediato por encima de la construcción de Estado.
Abril definirá si seguimos validando esa precariedad o si empezamos a penalizarla en las urnas.
Lo que está en juego es la estabilidad económica en un contexto internacional incierto. Es la capacidad de enfrentar la inseguridad sin convertirla en espectáculo. Es la reforma pendiente de justicia, educación y salud. Es la recuperación de una confianza mínima entre ciudadanía y poder.
Pero hay algo aún más profundo en disputa, la credibilidad del sistema democrático. Cada presidente que cae antes de tiempo erosiona esa credibilidad. Cada pacto opaco la deteriora un poco más. Cada gobierno improvisado la debilita. Y la democracia no se destruye de golpe; se desgasta.
El voto no es un acto de fe. Es un acto de memoria. Y si algo hemos aprendido en esta década convulsa es que el país no puede seguir apostando a experimentos.
Abril no resolverá todos los problemas del Perú. Pero puede definir si seguimos administrando la crisis o si empezamos, lentamente, a salir de ella.
La elección no es solo entre candidatos. Es entre repetir el ciclo o romperlo. Y esta vez, el margen de error es mínimo.

