Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)
Permítame esta breve introducción: Immanuel Kant fue uno de los más grandes filósofos de la humanidad; y, en tanto filósofo, no supo qué hacer con Dios.
El programa filosófico de Kant se consuma, hacia el siglo XVIII, con su libro Crítica de la razón pura: en este, pretendió establecer los límites de la razón. ¿Qué se quiere decir con esto de límites? Que la razón está limitada a conjugar las categorías del pensamiento con los datos de la experiencia. Así, por ejemplo, podemos comprender y aceptar la caída de los objetos, tanto porque los vemos, como porque tenemos la noción, en nuestra mente, de la gravedad. Lo que la razón no puede aceptar (aunque sí fantasear) es un unicornio o el monstruo de Frankenstein.
Esto no tendría nada de problemático; al fin y al cabo, solo los orates conversan con unicornios y solo lectores tontos piensan que Frankenstein vive en un rincón de la ciudad. Pero la cuestión nace con el tema de Dios. Puesto que la razón tiene límites (sobre todo, está limitada por la experiencia), ¿cómo sería posible asumir la existencia de Dios, que, como cualquiera sabe, no lo vemos ni en la casa, ni en el jardín ni en la montaña más alta?
Kant, consecuente con sus ideas, mejor dicho, consecuente con la razón, señaló que Dios no podía estar en ninguna parte, ya que simplemente ninguna experiencia posible nos podría revelarlo: y usted lo sabe muy bien, porque si abre la ventana en las mañanas, no ve a Dios, solo ve una calle o a un odioso vecino. En tal sentido, nadie puede demostrar la existencia de Dios. Racionalmente, mejor dicho, para la razón kantiana, Dios no puede existir.
Sin embargo, ¿qué pasa con Dios ahora? No hay que preocuparse; espere un poco. Hay que ver la otra tesis de Kant. Según él, aparte de que el hombre es un ser racional, también es un ser moral. En otras palabras: dentro del hombre hay un mandato que lo impele a cumplir con el deber. No importa qué tipo de hombre sea, la moral está dentro de él como una ley y solo habría que obedecerla. La consecuencia es la siguiente: si hay algo trascendente, objetivo, digámoslo sin miedo, divino, en él, es esta ley moral.
Para Kant, pues, sí existe el orden moral y este es de corte metafísico. En ese sentido, Dios, que no existe en la realidad, sí puede existir como parte de dicho orden: Dios es parte de la moral; el alma es parte de la moral; los milagros son parte de la moral. A eso le ha llamado Kant teología moral. Por lo tanto, Dios sigue siendo el último objetivo del hombre, pero en tanto dicho ser supremo conecta con el fin moral.
Los filósofos de hoy encuentran elegancia en esta argumentación kantiana. Y, por ello, a veces imaginan que Kant escribió esto con mucha ecuanimidad y parsimonia. Pero eso es un decoro inaceptable. Yo me imagino a un Kant rabioso por lo que estaba pasando. Él mismo fue cultivado dentro del pietismo y la religiosidad, y ahora, tal como lo definió otro alemán célebre, Heinrich Heine, estaba guillotinando a Dios mismo. Dios no existe, señores, pero existe un deber de creer en Él. ¿No existe, pero sí hay obligación de creer? ¿Cómo se puede entender eso?
Solo había una forma de entenderlo y esta es mi propuesta: la teología moral de Kant, en la que prima la moral más que Dios (porque Este es una parte de aquella), solo desemboca en ateísmo. De ahí que en su tiempo nomás se haya generado el escándalo. El Dios de Kant termina por ser un complemento, una decoración, un vestido, para el bello cuerpo moral kantiano. Ahora, un Dios sin importancia podía calar en los filósofos, pero no en la gente, para quien Dios existe, tanto en la realidad como en la consciencia.
En conclusión, Dios quizá no forme parte del mundo, pero tampoco cabe con coherencia en el sistema de Kant. El filósofo no supo qué hacer con Él. Lo que sí supieron fueron los ateos, quienes agradecieron la posta de Kant y lo negaron, y niegan, a viva voz.
(*) Mg. en Filosofía por la UNMSM

