Por: Walter Miguel Quito Revello
Áncash ha hablado. Y cuando Áncash habla, no lo hace con discursos elegantes ni con tecnicismos electorales: lo hace con el voto. Un voto que esta vez no ha sido de confianza, sino de castigo.
En esta elección del 2026, bajo el nuevo sistema bicameral administrado por la Oficina Nacional de Procesos Electorales, lo que se empieza a dibujar aun con resultados en proceso es una verdad incómoda: ninguno de los congresistas de Áncash puede, por ahora, decir que ha logrado reelegirse con legitimidad clara. Y si alguno logra colarse entre los cinco diputados o disputar el único escaño al Senado, será más por accidente estadístico que por respaldo popular contundente. Porque lo cierto es esto: Áncash no ha premiado, ha castigado. Y razones no faltan.
Durante cinco años, los congresistas que hoy pretendían volver a pedir el voto se olvidaron de lo esencial. Se olvidaron del hospital que nunca llega, de las postas médicas colapsadas, de la salud convertida en un privilegio. Se olvidaron del proyecto Chinecas, ese eterno símbolo de promesas incumplidas que sigue siendo más discurso que realidad. Se olvidaron del puerto de Chimbote, de su modernización, de su rol estratégico para el desarrollo del norte. Pero, sobre todo, se olvidaron de la gente.
Se olvidaron del agricultor que no tiene agua, del joven que no encuentra oportunidades, de la madre que espera atención digna en un sistema de salud quebrado. Se olvidaron de ese Áncash profundo que no sale en las fotos, pero que sí sale a votar.
Y el pueblo respondió. Respondió fragmentando su voto, negándose a entregar mayorías, rompiendo el control de los partidos tradicionales. Respondió quitándole el piso a organizaciones como Alianza para el Progreso, que en varias zonas ni siquiera logra superar la valla con la contundencia que antes ostentaba. Respondió diluyendo el poder de las maquinarias y obligando a todos a entender que el voto ya no se hereda ni se compra: se gana.
Pero hay algo más que no se puede ignorar: este ha sido un proceso electoral confuso, enredado y mal explicado al ciudadano. La implementación del sistema bicameral, la cantidad excesiva de candidatos, las múltiples cédulas, y la falta de información clara generaron que muchas personas no supieran exactamente cómo votar. No es un secreto: hubo votos mal emitidos, actas observadas, errores materiales y un nivel de dispersión pocas veces visto. El ciudadano terminó enfrentando una elección compleja sin las herramientas suficientes, mientras las autoridades electorales cumplían formalmente su rol, pero sin lograr algo esencial: que la gente entienda realmente el proceso.
Y eso también es responsabilidad del sistema. Porque no basta con organizar elecciones; hay que hacerlas comprensibles. No basta con contar votos; hay que garantizar que el voto sea consciente. Cuando el proceso se vuelve confuso, el resultado pierde claridad política, y lo que debería ser una expresión nítida de voluntad popular termina convertido en un rompecabezas de cifras.
Hoy, el escenario es claro: un Senado con un solo representante por Áncash y una Cámara de Diputados con cinco curules disputadas voto a voto. En ese contexto, la sobreoferta de candidatos no ha hecho más que evidenciar lo que ya se sentía en las calles: no hay liderazgos sólidos, no hay figuras incuestionables, no hay confianza. Y eso, lejos de ser una debilidad del electorado, es una muestra de madurez.
Áncash sabe votar. Sabe castigar al que no cumple. Sabe retirar su respaldo cuando se siente traicionado. Sabe, incluso en medio de la confusión del sistema, tomar distancia de quienes solo aparecen en campaña.
Ese mismo destino le espera al gobernador regional, porque la historia no distingue cargos cuando se trata de abandono. Así como los congresistas pagaron en las urnas su desconexión con el pueblo, el titular del Gobierno Regional de Áncash hoy en manos de Fabián Noriega Brito camina por la misma cuerda floja. Porque gobernar no es figurar, y en estos años también se ha repetido el patrón: hospitales inconclusos, el proyecto Chinecas empantanado, el puerto de Chimbote olvidado y la provincia del Santa relegada a discursos vacíos. El mensaje es claro: cuando se gobierna de espaldas a la gente, el poder no se pierde en los escritorios, se pierde en las urnas. Y Áncash, como ya lo ha demostrado, no perdona dos veces.
Por eso, lo que estamos viendo no es una crisis electoral. Es una lección política. Una lección que ojalá se confirme cuando el Jurado Nacional de Elecciones proclame los resultados finales. Porque si algo necesita hoy Áncash, más que nuevos discursos, es coherencia entre lo que se promete y lo que se cumple. Y si los actuales congresistas no entendieron eso en cinco años, no hay razón para que el pueblo les regale cinco más.

