Opinión

El insulto no construye mayorías

La política del insulto suele ser menos una demostración de fortaleza que una señal de debili-dad. Quien se sabe en condicio-nes de ganar procura persuadir, ampliar su base y transmitir tem-planza. Quien sospecha que no le alcanza, en cambio, se refugia en la descalificación, endurece el tono y convierte el agravio en sustituto de la propuesta.
Eso parece estar ocurrien-do con Rafael López Aliaga, hoy identificado como el rostro más visible de la extrema derecha peruana. Su retórica confron-tacional no parece orientada a conquistar nuevos electores, sino a retener a los ya convencidos. Y esa es, precisamente, la diferencia entre una candidatura competitiva y una candidatura encerrada en su propio techo.
El problema de fondo es que Rafael López Aliaga parece no en-tender dónde se encuentra el ver-dadero peligro para la democracia peruana. No está en el adversario al que insulta con mayor estridencia, sino en el otro extremo de la con-tienda: en aquellos sectores de iz-quierda radical que han contribuido durante los últimos veinticinco años a erosionar la institucionalidad, desestabilizar gobiernos y arrastrar al Perú hacia la incertidumbre polí-tica y el deterioro económico. Es allí donde muchos peruanos ven una amenaza real de ruina nacional, no solo en términos materiales, sino también institucionales.
Sin embargo, en lugar de cons-truir una mayoría democrática ca-paz de contener ese riesgo, el can-didato de extrema derecha parece optar por el camino más estéril: insultar, polarizar y dinamitar cual-quier posibilidad de ampliación. En vez de convocar a un frente más ancho, se repliega en la rabia. En vez de ofrecer dirección, ofrece exabruptos.
Ese error no es menor. En un escenario electoral más fragmen-tado, más pragmático y menos do-minado por los reflejos automáticos del pasado, el insulto no suma: res-ta. No convoca: ahuyenta. No orde-na: divide incluso a quienes podrían coincidir en la necesidad de cerrar-le el paso a proyectos autoritarios o destructivos.
Por eso la agresividad verbal de Rafael López Aliaga no parece una estrategia de victoria, sino una admisión implícita de debilidad. Pa-recería intuir que no le basta para ganar y, frente a ese límite, prefiere incendiar el debate antes que en-sanchar su coalición. Pero la estri-dencia puede servir para dominar titulares; rara vez sirve para cons-truir una mayoría nacional.
En democracia, la firmeza puede ser una virtud. El agravio permanente, no. Un aspirante se-rio al poder necesita algo más que volumen, cólera o provocación: ne-cesita serenidad, amplitud y capa-cidad de interlocución. Cuando un candidato renuncia a persuadir y se instala en el insulto, deja de parecer fuerte. Empieza, más bien, a pare-cer derrotado antes de tiempo.