Opinión

El fracaso del antivoto

Por: Fernando Zambrano Ortiz

Analista Político

Durante demasiado tiempo, una parte de la política peruana vivió convencida de que bastaba con activar el rechazo para ganar una elección. Se apostó al miedo, al resentimiento y a la memoria de viejas disputas como si eso, por sí solo, pudiera seguir ordenando el voto nacional. Pero esa fórmula empieza a mostrar su agotamiento.

El antivoto no ha desaparecido. Lo que ha perdido es eficacia. Ya no tiene la capacidad automática de construir mayorías ni la fuerza emocional de otros años. Hoy pesan más la inseguridad, el deterioro económico, el cansancio frente al desgobierno y el temor a una nueva etapa de caos. El elector ya no solo se pregunta a quién debe frenar; empieza, más bien, a preguntarse quién puede ofrecerle algo de estabilidad en medio de tanta precariedad.

Y hay una razón profunda para ese cambio. El ciudadano comienza a notar que el antivoto, que en los últimos veinticinco años llevó al poder a personajes cuestionados e incluso hoy encarcelados, no resolvió sus problemas. No trajo bienestar, no corrigió el rumbo del país y, en más de una ocasión, terminó agravando la crisis. Por eso hoy el elector compara más, duda más y empieza a buscar una mejor opción, dejando atrás el rechazo automático como criterio de decisión.

Ese antivoto promovido por una izquierda progresista resentida, que durante años creyó tener la facultad de colocar y derribar presidentes a discreción, se ha erosionado visiblemente. Lo que queda hoy parece ser apenas una fracción quizá un 25% de su antigua fuerza, demasiado poco para seguir condicionando de manera determinante la decisión del elector.

Eso cambia por completo la lógica de la competencia. Cuando el rechazo deja de unir, lo que queda es la evaluación. Ya no basta con presentarse como dique de contención frente a otro. Ahora hay que demostrar serenidad, capacidad y sentido de realidad. El voto deja de ser puramente reactivo y empieza a volverse, aunque con reservas, más pragmático.

Por eso algunas fórmulas que parecían infalibles hoy muestran señales claras de desgaste. El discurso basado exclusivamente en el miedo al adversario ya no moviliza igual. La política del “todos contra uno” pierde fuerza cuando la gente empieza a advertir que el verdadero peligro también puede estar en la improvisación, en el extremismo o en la incapacidad de gobernar con sensatez.

En el fondo, lo que se está erosionando no es solo una estrategia electoral. Lo que se está agotando es una manera de manipular el voto. El Perú no está dejando de recordar; está dejando de creer que el miedo, por sí solo, es una respuesta. Y eso marca una diferencia enorme.

La clase política debería leer esta señal con seriedad. Insistir en campañas construidas únicamente sobre el rechazo no solo revela pobreza de ideas; revela también una incomprensión peligrosa del país real. Un país agotado, golpeado y desconfiado, pero también cansado de elegir siempre en negativo.

El Perú necesita algo más que reflejos emocionales. Necesita criterio. Necesita madurez. Necesita, sobre todo, dejar de ser rehén de una política que solo sabe pedir votos en nombre del miedo.

El antivoto podrá seguir existiendo. Lo que ya no parece intacto es su poder para decidir el destino del país. Y cuando una sociedad empieza a romper esa dependencia, lo que se abre no es solo un nuevo escenario electoral. Se abre, quizá, la posibilidad de una decisión más libre, más responsable y, por fin, más consciente.