Opinión

Con Augusto B. Leguía, basta y sobra

Por: FERNANDO VALDIVIA CORREA.

Gobernó el país tres lustros. El primero, de 1808 a 1912; mientras que el siguiente duró exactamente diez años y diez meses consecutivos (1919-1930), aunque en la memoria colectiva ha perdurado como “el oncenio de Leguía”. Fue un Presidente controvertido, de eso no queda duda, pues de un lado, personajes notables como Víctor Raúl Haya de la Torre lo consideró el mejor mandatario del siglo XX; y, de otro, sus adversarios, que no fueron pocos, lo consideraban déspota, y hasta “entreguista”, en alusión al criticado Tratado con Chile de 1929 (o llamado Tratado Rada y Gamio – Figueroa Larraín), mediante el cual terminamos cediendo a perpetuidad Arica, y a la vez recuperando la heroica Tacna.

Agobiado por la crisis internacional del mismo año (“la gran depresión” originada en Estados Unidos de Norteamérica), fue derrocado por el Comandante Luis Miguel Sánchez Cerro, y de inmediato embarcado hacia Panamá en el crucero Almirante Grau, aunque interceptado por un turba golpista que lo internó en el Frontón y luego en el Panóptico (lo que hoy es el Hotel Sheraton), viviendo literalmente un infierno durante 14 meses en una diminuta celda, cuya ventana estaba tapiada. Su hijo Juan lo acompañó voluntariamente en el encierro. Y solo cuando ya andaba moribundo fue trasladado al Hospital Naval donde expiraría el 6 de febrero de 1932. Nadie, aparte de su vástago nombrado, lo visitó, falleciendo en el exilio dentro del propio territorio que lo vio nacer y crecer, el nuestro.

Setenta años después, asume las riendas Alejandro Toledo, siempre movido por el inquebrantable odio hacia Alberto Fujimori. Así, en julio de 2011, cinco años luego de haber dejado el poder, declaró que “si Alán García lo indulta, será un cadáver político”. En octubre del año siguiente, agregó que “Indultar como producto de negociaciones, sin causa objetiva que lo justifique, ¡jamás! Ofendería memoria de las víctimas”. En suma, un rotundo opositor a verlo en libertad.

Pero, la vida suele dar vueltas, y en ocasiones rápido. En abril de 2023, Toledo Manrique fue extraditado desde EEUU acusado de haber recibido sobornos por parte de la empresa corrupta Odebrecht. Tras el juicio, fue condenado a más de 20 años, permaneciendo en el penal de Barbadillo. Oportunamente, solicitó que se aplique la Ley 32181 (vigente desde diciembre de 2024) que le permite cumplir la sentencia por razones humanitarias en su domicilio, eso sí a pedido del fiscal, aprobado por el juez. Ambos, simplemente se lo negaron, aduciendo que este proceso está en apelación; es decir, no ha concluido.

Sin embargo, hace unos días en entrevista concedida, el excandidato Carlos Espá retomó el tema afirmando que Alejandro Toledo se encuentra con cáncer avanzado y debiera ser liberado por razones humanitarias. A la mañana siguiente, Eliane Karp, esposa y a la vez prófuga de la justicia, pidió lo mismo directamente a Keiko Fujimori.

En esa misma línea, se han pronunciado líderes políticos, como Raúl Diez Canseco, Juan Sheput, Carlos Torres, entre otros. Hasta la misma lideresa de Fuerza Popular, y ad portas de ser declarada presidente electa, manifestó de manera general que “cualquier pedido tiene que evaluarse respetando la dignidad de la persona y evaluarse caso a caso la situación médica de la que se encuentre”

Sobre este último punto, efectivamente Alejandro Celestino Toledo Manrique cometió delitos, y correctamente preso; sin embargo, es un adulto mayor (ochenta años cumplidos en marzo 2026), con serias complicaciones en la salud (lo cual es evidente en las audiencias, rompiendo en llanto, inclusive), aunado a la indolencia de la administración de justicia.

Por lo tanto, consideramos que es momento, sea con Balcázar o Fujimori (obvio, a partir del 28 de julio), de evaluar la condición médica del exmandatario en cautiverio, y probablemente le permita seguir recluido en casa, eso sí, bajo estrictas medidas de seguridad (como por ejemplo, abstenerse de estar declarando a la prensa).

En conclusión, Toledo fuera de los barrotes, y que cuando le toque partir al encuentro del Señor, lo haga en paz y gratitud al pueblo peruano. Con Augusto B. Leguía, basta y sobra para no seguir mancillando la historia.