Por: Fernando Zambrano Ortiz
Analista Político
Las declaraciones de Marco Rubio tienen un peso especial. No provienen de un comentarista ni de una figura secundaria, sino del secretario de Estado de los Estados Unidos, una de las autoridades con mayor influencia en la política exterior mundial.
Cuando Rubio condena el terrorismo de extrema izquierda y recuerda que Sendero Luminoso llegó a asesinar incluso a recién nacidos, no formula una opinión cualquiera. Envía una señal política clara: el terrorismo no puede relativizarse ni justificarse por la ideología que lo inspira.
La referencia al Perú es importante porque durante años distintos sectores intentaron suavizar la naturaleza de Sendero Luminoso. Se habló de “insurgencia”, “conflicto” o “violencia política”, evitando decir con claridad que se trató de una organización terrorista que convirtió el asesinato de civiles en método de acción.
Sendero no representó una protesta social legítima. Buscó destruir la República mediante el miedo. Campesinos, dirigentes comunales, maestros, autoridades, policías, militares, mujeres, ancianos y niños estuvieron entre sus principales víctimas. Las masacres, los coches bomba y los asesinatos selectivos fueron parte de una estrategia deliberada.
En ese intento por desnaturalizar los hechos también aparece la expresión “no me terruquees”.
Es cierto que nadie debe ser acusado de terrorismo sin pruebas. Pero esa frase ha sido utilizada muchas veces para cerrar el debate antes de que empiece. Basta cuestionar discursos que justifican la violencia, reivindican organizaciones terroristas o relativizan sus crímenes para que la respuesta automática sea: “no me terruquees”.
Así se evita discutir el fondo. En lugar de responder sobre los hechos, se desacredita a quien formula la advertencia.
La estrategia consiste en convertir la palabra “terrorismo” en una expresión supuestamente ilegítima, exagerada o prohibida. Se busca expulsarla del debate público, como si dejar de nombrar el fenómeno pudiera hacerlo desaparecer.
No toda crítica es “terruqueo”. Señalar antecedentes, discursos o actuaciones vinculadas con la apología o justificación de la violencia forma parte del derecho de una sociedad a defender su democracia.
Una democracia seria debe evitar las acusaciones irresponsables, pero también rechazar el silenciamiento interesado. No se puede llamar terrorista a cualquiera, pero tampoco puede utilizarse la frase “no me terruquees” como escudo frente a toda investigación o cuestionamiento.
Durante demasiado tiempo, esa ambigüedad permitió invertir los papeles: los victimarios fueron presentados como supuestos luchadores sociales, mientras quienes defendieron al país terminaron bajo sospecha permanente.
Por eso las palabras de Marco Rubio tienen tanta fuerza. Reafirman, desde uno de los principales centros de poder mundial, una verdad que no debería admitir confusión: Sendero Luminoso fue una organización terrorista y su violencia no puede ser reivindicada, maquillada ni convertida en relato político aceptable.
Proscribir la palabra “terrorismo” no elimina el terrorismo. Solo dificulta identificarlo.
Y una sociedad que pierde la capacidad de nombrar aquello que intentó destruirla corre también el riesgo de perder la capacidad de enfrentarlo.

