La confirmación de dos casos de sarampión en niños de Huarmey, jurisdicción de la Red de Salud Pacífico Sur, debe encender todas las alarmas. No porque debamos caer en el pánico, sino porque estamos frente a una enfermedad que puede prevenirse mediante una herramienta segura, gratuita y disponible: la vacunación.
Hay un dato que no puede pasar inadvertido: ambos menores, de un año y diez meses y tres años, cuentan con las dos dosis de la vacuna contra el sarampión y se encuentran estables. Esto obliga a las autoridades sanitarias a investigar con rigurosidad el origen de los contagios y determinar la cadena de transmisión. Y justamente eso se está haciendo.
Pero también corresponde mirar más allá de estos dos casos.
El sarampión no desaparece porque dejemos de hablar de él. Tampoco desaparecen otras enfermedades prevenibles por vacunación porque durante algunos años no se registren casos. El riesgo reaparece cuando disminuyen las coberturas, se acumulan personas susceptibles y se debilita la vigilancia.
El propio Ministerio de Salud ha advertido que las coberturas nacionales de vacunación contra el sarampión se encuentran por debajo del 95 % considerado necesario para mantener una protección poblacional adecuada. Al cierre de 2025, la cobertura fue de 86,7 % para la primera dosis y apenas 78,7 % para la segunda.
Por eso, la aparición de casos en Huarmey no puede ser tomada como un episodio aislado. Mucho menos cuando existen otros siete casos sospechosos procedentes de Chimbote, Nuevo Chimbote y Huaraz que permanecen bajo vigilancia epidemiológica.
Aquí hay una responsabilidad compartida.
Las autoridades sanitarias tienen que garantizar vacunas disponibles, brigadas suficientes, campañas sostenidas y vigilancia epidemiológica oportuna. No basta con reaccionar cuando aparece el primer caso. La prevención debe comenzar antes.
Y los padres de familia tienen también una responsabilidad que nadie puede delegar. Si la vacuna es gratuita y está disponible en los establecimientos de salud, corresponde verificar el carné de vacunación de nuestros hijos y completar las dosis que correspondan.
En este punto hay que hablar también de los antivacunas. Después de la pandemia del COVID-19, los discursos de desconfianza hacia las vacunas encontraron mayor espacio y, en determinados sectores, aumentaron su influencia. Las dudas pueden discutirse; la información puede cuestionarse y las autoridades deben explicar con transparencia. Pero no podemos convertir la desinformación en una amenaza para la salud de nuestros niños.
El sarampión es altamente contagioso y la vigilancia sanitaria existe precisamente para detectar tempranamente los casos y cortar las cadenas de transmisión.
Huarmey nos está dando una señal de advertencia. No esperemos que se convierta en un brote para recién actuar.
La prevención no puede ser una campaña de temporada ni una fotografía para los medios. Tiene que ser permanente. Y frente al sarampión, una de las mejores defensas sigue estando al alcance de todos: una vacunación oportuna y responsable.
La salud de nuestros niños no puede quedar expuesta a rumores, indiferencia ni negligencia.

