Editorial

Grau: El ejemplo que el Perú no debe olvidar

Ayer, 8 de octubre, el Perú volvió a mirar hacia el mar para rendir homenaje a uno de sus hijos más ilustres: Miguel Grau Seminario. En todo el país se recuerda al Caballero de los Mares, al hombre que entregó su vida en el Combate de Angamos y que, con su conducta, convirtió el honor, el valor y el respeto por el adversario en principios que trascendieron la guerra.

Se han realizado ceremonias, desfiles, ofrendas florales y homenajes. Se han pronunciado discursos y se ha repetido, una vez más, que Grau es ejemplo de patriotismo. Pero hay algo que no debemos perder de vista: homenajear a Grau no puede reducirse a una ceremonia anual ni a repetir frases que, con el paso del tiempo, corren el riesgo de convertirse en simples formalidades.

Porque el verdadero homenaje a Miguel Grau no está en las palabras, sino en la conducta.

Grau fue un hombre que entendió que servir al Perú significaba asumir responsabilidades y estar dispuesto al sacrificio. No buscó privilegios. No necesitó de grandes discursos para demostrar su patriotismo. Lo hizo con sus actos, con su disciplina, con su valentía y, sobre todo, con una extraordinaria calidad humana que incluso sus adversarios reconocieron.

Su comportamiento después del combate de Iquique constituye una de las mayores lecciones de nuestra historia. Frente al dolor de quienes habían perdido a un ser querido, Grau actuó con respeto y humanidad. En plena guerra supo demostrar que el enemigo no deja de ser persona y que la grandeza de un hombre se revela también en la manera como trata a quien está frente a él.

Esa lección parece más necesaria que nunca.

Vivimos tiempos en los que el interés personal muchas veces pretende imponerse sobre el interés colectivo; en los que la palabra honor ha perdido valor y en los que algunos entienden el servicio público como una oportunidad para beneficio propio. Frente a ello, recordar a Grau no debe ser un ejercicio de nostalgia, sino una exigencia moral.

¿Qué estamos enseñando a nuestros jóvenes? ¿Les estamos mostrando que el éxito consiste en llegar al poder o que consiste en saber para qué se llega? ¿Les estamos enseñando que amar al Perú significa exigir derechos, pero también cumplir deberes? ¿Que la patria no es solamente una bandera que se iza, sino una responsabilidad que se asume todos los días?

Grau tiene respuestas para esas preguntas.

Por eso, este 8 de octubre debemos mirar más allá de Angamos. Debemos mirar al hombre. Al ciudadano. Al marino. Al peruano que comprendió que el honor no se negocia y que el deber está por encima de las conveniencias.

Que su nombre no quede encerrado en los libros de historia ni limitado a las ceremonias oficiales. Que las nuevas generaciones conozcan sus actos y comprendan que la patria necesita ciudadanos capaces de actuar con honestidad, coraje y sentido del deber.

Hoy el Perú le rinde homenaje a Grau. Pero mañana, cuando terminen las ceremonias y se retiren las banderas, quedará la verdadera pregunta: ¿qué hacemos nosotros con su ejemplo?

Que la respuesta sea digna de él.

Que Grau siga siendo una luz clara en el camino de las nuevas generaciones. Una luz que nos recuerde que el Perú necesita, más que héroes de discursos, ciudadanos de conducta. Porque mientras exista un peruano dispuesto a servir a su patria con honor, Miguel Grau seguirá vivo.