Editorial

La solidaridad que devuelve la esperanza

Hay gestos que valen mucho más que cualquier discurso, promesa o ceremonia. Acciones que no necesitan grandes escenarios ni aplausos para demostrar su verdadero significado, porque su mayor recompensa está en aliviar el sufrimiento de quienes más lo necesitan. La reciente donación de 30 sillas de ruedas al Hospital Regional Eleazar Guzmán Barrón, realizada por el Voluntariado Apostólico Femenino Los Sagrados Corazones, es una de esas muestras de generosidad que merecen nuestro reconocimiento y gratitud.

En tiempos en que el individualismo parece ganar terreno, en que cada quien mira sus propios intereses y hasta la solidaridad parece tener precio, encontrar una organización que entrega parte de su esfuerzo y sus recursos sin esperar nada a cambio constituye una lección de humanidad. Porque, seamos sinceros, vivimos en una sociedad donde casi nadie regala nada. Todo parece tener un costo, una condición o una expectativa de beneficio. Por eso, cuando alguien da de corazón, su gesto adquiere un valor extraordinario.

Las 30 sillas de ruedas donadas al hospital Regional no son simplemente implementos para facilitar el desplazamiento de los pacientes. Representan alivio para quienes enfrentan enfermedades, apoyo para las familias que acompañan a sus seres queridos y una ayuda concreta para un establecimiento de salud que atiende diariamente a personas que necesitan atención y cuidados. Detrás de cada silla hay una necesidad que podrá ser atendida y una dificultad que podrá hacerse menos pesada.

Pero lo más admirable de Los Sagrados Corazones es que esta entrega no constituye un hecho aislado ni una acción motivada únicamente por una fecha conmemorativa. Desde hace más de tres décadas, sus integrantes vienen desarrollando una silenciosa labor de asistencia social, especialmente en favor de los niños de escasos recursos internados en el Hospital Regional. Medicamentos, pañales, artículos de higiene y otros implementos forman parte de una ayuda que muchas veces resulta indispensable para familias que no cuentan con los medios económicos suficientes para afrontar la enfermedad de sus pequeños.

Esa continuidad es precisamente lo que engrandece su trabajo. Es relativamente fácil conmoverse ante una emergencia y ofrecer ayuda por un momento. Lo difícil es perseverar durante años, mantener el compromiso y seguir extendiendo la mano cuando las necesidades nunca terminan. Allí radica el verdadero mérito de este voluntariado: en convertir la solidaridad en una práctica permanente y no en un gesto ocasional.

El reconocimiento que el papa Francisco otorgó a esta organización en 2023, por su labor apostólica en favor de los niños pobres atendidos en el nosocomio, constituye también un testimonio de la trascendencia de su servicio. Sin embargo, más allá de cualquier distinción, su mejor recompensa está en cada paciente que recibe ayuda y en cada familia que encuentra un motivo para sobrellevar sus dificultades.

La generosidad de Elena Suárez de Muro, fundadora y presidenta de la organización, y de todas las mujeres y personas que respaldan esta obra demuestra que todavía existen ciudadanos capaces de mirar más allá de sus propias necesidades. Personas que comprenden que una sociedad no se construye solamente con obras de cemento, presupuestos o promesas, sino también con sensibilidad, compromiso y respeto por el sufrimiento ajeno.

Esta donación debe servirnos, además, para reflexionar sobre la responsabilidad de las instituciones públicas. La solidaridad de los ciudadanos es admirable, pero no puede convertirse en un reemplazo de las obligaciones del Estado. Los hospitales necesitan equipamiento suficiente, recursos oportunos y condiciones adecuadas para atender dignamente a sus pacientes. El aporte privado complementa y fortalece esa labor, pero no debe servir para justificar carencias que las autoridades están obligadas a resolver.

A Los Sagrados Corazones, nuestro reconocimiento. En una época en la que tantas veces prevalecen la indiferencia y el interés personal, sus integrantes nos recuerdan que dar sin esperar recompensa sigue siendo una de las expresiones más nobles del ser humano. Sus 30 sillas de ruedas son mucho más que una donación: son una demostración de que la solidaridad todavía tiene un lugar importante en nuestra sociedad y de que, incluso en medio de tantas dificultades, siempre habrá manos dispuestas a ayudar.