Por: Fernando Zambrano Ortiz
Analista Político
En medio del ruido electoral, conviene recordar lo esencial: la democracia no se defiende con consignas ni con impulsos, sino con pruebas e instituciones. Convocar a la insurgencia o hablar de fraude sin evidencia no solo es irresponsable; es hacerle el juego a quienes quieren debilitar el sistema. La política no puede convertirse en un atajo emocional que salte por encima de la ley.
Sí, hay hechos que deben investigarse: retrasos en la distribución de material en Lima y posibles irregularidades en la contratación del transporte electoral. Eso exige control, auditoría y, si corresponde, sanción. Pero de ahí a afirmar fraude hay un trecho que solo puede cruzarse con evidencia verificable, no con sospechas amplificadas en redes o discursos de coyuntura.
Tampoco ayuda convertir la fiscalización en espectáculo. Ofrecer recompensas a funcionarios de la Oficina Nacional de Procesos Electorales o del Jurado Nacional de Elecciones para que “revelen” irregularidades es, como mínimo, un despropósito: introduce incentivos perversos, contamina la obtención de información y debilita cualquier investigación seria. No sorprende que el propio candidato que lanzó esa propuesta haya terminado borrando su mensaje en X.
Hay, en cambio, acciones que sí fortalecen el proceso. Fuerza Popular ha puesto a disposición de Renovación Popular su red de personeros para defender votos en el tramo final. Esa es la vía correcta: vigilancia activa, legal y transparente de cada voto, no la deslegitimación anticipada del resultado.
El país no puede quedar rehén de reacciones emocionales individuales. La estabilidad democrática exige templanza, sobre todo de quienes aspiran a gobernar. Hoy, los canales institucionales están activos: el Ministerio Público investiga, la Contraloría audita y la Junta Nacional de Justicia ha iniciado un proceso contra el jefe de la ONPE que podría derivar en su suspensión en el cargo antes de una eventual segunda vuelta. Que las instituciones hagan su trabajo y que lo hagan con celeridad.
La lección es simple: firmeza para exigir transparencia, serenidad para no incendiar el proceso. Todo debe resolverse por el conducto regular. Lo demás ruido, insinuaciones y atajos solo erosiona la confianza que tanto cuesta construir.

