Editorial

Educar con justicia: una lección que debe repetirse

En un contexto donde la inseguridad ciudadana y la desconfianza en las instituciones siguen siendo temas de preocupación permanente, iniciativas como la “Ruta de la Flagrancia” representan mucho más que una actividad pedagógica: son una inversión directa en la formación cívica de las nuevas generaciones. La reciente participación de escolares del colegio Augusto Salazar Bondy en esta experiencia no solo merece destacarse, sino replicarse.

Acercar a los jóvenes al funcionamiento real del sistema de justicia es una estrategia inteligente y necesaria. Durante años, la educación cívica ha sido relegada a contenidos teóricos que difícilmente logran impactar en la conducta de los estudiantes. Sin embargo, cuando el aprendizaje se vuelve vivencial —cuando los alumnos observan cómo actúa la Policía, cómo el Ministerio Público sustenta una acusación y cómo el Poder Judicial imparte justicia— el mensaje adquiere otra dimensión: se vuelve tangible, concreto y, sobre todo, significativo.

La escenificación de un delito, la intervención en flagrancia y la posterior audiencia judicial no solo permiten entender el proceso, sino también internalizar las consecuencias reales de cruzar la línea de la legalidad. Ver una sentencia de 12 años de prisión no es un dato abstracto; es una advertencia clara sobre el peso de las decisiones equivocadas. En ese sentido, la experiencia cumple una función preventiva que difícilmente puede lograrse con discursos o campañas tradicionales.

Pero además, esta iniciativa fortalece la confianza en las instituciones. En tiempos donde el escepticismo ciudadano parece crecer, mostrar un sistema articulado —con Policía, fiscales, defensores y jueces actuando de manera coordinada— contribuye a reconstruir la imagen de un Estado que sí puede responder de manera rápida y eficiente ante el delito. Y ese mensaje, dirigido a jóvenes en formación, es fundamental.

No obstante, el reto es mayor. Este tipo de experiencias no debe quedar como un hecho aislado ni como un esfuerzo puntual de una unidad específica. Debe institucionalizarse, ampliarse y llegar a más colegios, especialmente en zonas donde los factores de riesgo social son más altos. La prevención del delito comienza mucho antes de que se cometa, y la educación es su mejor herramienta.

La “Ruta de la Flagrancia” deja una lección clara: la justicia también educa. Y cuando lo hace de manera directa, transparente y cercana, puede marcar la diferencia en la vida de los ciudadanos del mañana.