Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)
La vida de César Vallejo no puede ser incorporada a ninguna biografía, porque ella siempre se escapa por una puerta falsa. Es por eso que, hasta ahora, no podamos hablar de biógrafos de Vallejo, sino, a lo sumo, de curiosos, mirones o críticos, que es lo mismo a la hora de navegar en el mar existencial del poeta de Santiago de Chuco.
El intento del biógrafo inglés, Stephen Hart, por lograr una visión completa de la vida de Vallejo, en su A Literary Biography (2013), es loable, en parte. Nos lleva desde el nacimiento hasta la muerte y el legado póstumo de Vallejo. Con su exquisita objetividad inglesa, trata de poner paños fríos a los puntos más álgidos de dicha vida. Por ejemplo, todos recordamos el encarcelamiento del poeta en Trujillo. Todos estamos a favor de él y proclamamos la injusticia que el mundo cometió contra Vallejo. Sin embargo, Hart nos advierte que hubo testigos que vieron al autor de Los heraldos negros con un arma en la mano y, en los hechos, hubo dos policías muertos.
Stephen Hart sigue también una correcta línea. Empieza a interpretar los poemas vallejianos a partir de determinadas circunstancias en la vida del poeta. De ese modo, podemos afirmar, que los poemas tienen una base real que nos permite interpretarlos de manera más certera. Certera, en algún grado. Porque la poesía no puede estar encajonada en un tipo de lectura. Pero, al menos, partimos de la vida y, con ello, agradecemos póstumamente la gran labor de Juan Espejo Asturrizaga, tan ninguneado por críticos de renombre, quien defendió este tipo de interpretación con base real.
Pero si continuamos con la biografía de Hart, notamos lo señalado al principio. La vida de Vallejo se escapa como el agua en la mano. Hart, por la mitad del libro, y hacia adelante, no le queda más que recurrir, únicamente, a las cartas de Vallejo para contar la vida de este. Es cierto, de las cartas se puede sacar mucho, pero también muchas dudas. Si no, aprecien lo siguiente.
Mientras Hart concluye de una carta de Vallejo del 13 de junio de 1936 que el poeta desea seriamente volver a Perú, yo veo más bien que no lo desea. “¿Qué voy a hacer allá en buena cuenta?”, dice Vallejo en esa misiva. ¿Esta pregunta es de un proyecto o de un retroceso? Me parece lo segundo. Vallejo, en sus cartas en general, contempla la idea de volver a la patria, pero siempre surgen las excusas para no regresar. Ni siquiera quiso vivir en España. Vallejo era para París, solo para París, como el pez para el agua.
Si no se apoya en sus cartas, Hart se sostiene en Juan Domingo Córdova, el famoso “pañuelo de lágrimas” de Vallejo durante su estadía en Europa. Domingo da datos valiosos, en cuanto a los lugares que visitaba o frecuentaba el poeta; además, nos revela a un Vallejo disipador, provocador de líos y domésticamente despótico (no pagó bien a Henriette, su primera pareja; y golpeaba e hizo abortar a Georgette, su futura esposa). Pero Hart no evalúa o no desea evaluar, críticamente, esta fuente.
La misma muerte de Vallejo es un “nada está dicho”. Hart, en su biografía, deja abierta la causa del deceso, pero en su reciente artículo para la edición conmemorativa de la poesía de Vallejo, desliza la propuesta de que el lírico habría sido asesinado por la Unión Soviética debido a su filiación trotskista. La opción que se abre sería la de volver a exhumar el cuerpo e investigarlo. ¿Pero eso no significaría por una parte volver a darle con el palo otra vez, sin habernos hecho nada?
Una cosa es absolutamente clara en la vida, y en el arte, de Vallejo: su voluntad proteica, movible, inconstante. Vallejo es la ola, inasible. Acudamos a otra imagen, más grande. Él refirió, en el último verso de Trilce, sobre “la costa aún sin mar”. Pues él ahora es lo contrario: el mar aún sin costa.
(*) Mg. en Filosofía por la UNMSM

