Por: Dr.(c) Miguel Koo Vargas
El migrante peruano, sobre todo el que ha pasado por economías como Estados Unidos, España o Chile, ha vivido en carne propia algo que en Perú suele ser abstracto. La relación directa entre esfuerzo, reglas claras y recompensa económica.
No todos mejoran su situación económica, pero sí constatan en carne propia que el sistema de libre mercado funciona mejor. Trabajan, ganan su dinero, pagan impuestos y ven servicios de calidad, orden y progreso. Y eso es una gran diferencia versus el peruano que se encuentra en las profundidades de nuestra geografía sin acceso a servicios de calidad producto de un Estado corrupto e ineficiente.
Segundo, el migrante deja de romantizar al Estado y deja de esperar dádivas del Gobierno. Solo vive de su esfuerzo y sacrificio. En Perú, buena parte del discurso de la izquierda gira alrededor de lo que el Estado “debería dar”. En el extranjero, el peruano promedio entiende otra cosa, que el Estado no es un salvador, sino un facilitador (cuando funciona bien).
Tercero, hay un factor psicológico potente, que tiene que ver con el costo del fracaso. El que migra sabe lo que es empezar de cero, muchas veces en condiciones duras. Ha limpiado casas, ha sido repartidor, ha hecho trabajos que en Perú no habría aceptado. Eso le genera una ética distinta. Entiende el valor de la meritocracia pragmática, menos tolerante con discursos ideológicos y más enfocada en resultados.
Cuarto, el migrante compara. Y comparar mata el relato socialista. Cuando alguien ha vivido una inflación controlada, seguridad jurídica y servicios que funcionan, le cuesta comprar narrativas que prometen cambios radicales sin explicar cómo se sostienen. Ahí es donde candidatos con discurso pro mercado como Rafael López Aliaga conectan mejor con ese electorado.
Pero hay un punto más incómodo y más interesante. No todos los migrantes “aman el capitalismo”. Muchos han sufrido desigualdad en esos países. Sin embargo, incluso con esas tensiones, perciben que el sistema ofrece más seguridad que el peruano. Y en política, la predictibilidad vale oro. En el fondo, ese voto migrante no es ideológico, sino vivencial.
Es el voto de alguien que ya vio cómo podría funcionar un país… y no quiere volver a apostar por experimentos.
Por eso, el romanticismo socialista se desarma solo frente a la experiencia real que promete justicia, pero no logra eficiencia. Promete igualdad, pero solo beneficia a los que están en el poder. Promete un Estado protector, pero termina construyendo uno que asfixia al que intenta superarse y salir adelante.
El migrante ya probó algo distinto y entendió que el sistema que funciona es un sistema de incentivos bien diseñado; y que cuando el Estado intenta matar el libre mercado, termina hundiendo las economías como sucedió en Venezuela, Cuba, Honduras, etc.
El socialismo es como una melodía que imita el sonido de una orquesta cuando se oye, pero te destruye el tímpano con el paso del tiempo. Miel para los oídos e infierno para el progreso.

