Por: Fernando Zambrano Ortiz
Analista Político
En política electoral, no todo dato extraño prueba una irregularidad. Pero tampoco todo dato extraño debe ser tratado como si no significara nada. A veces, una cifra no demuestra por sí sola un problema, pero sí enciende una alarma razonable. Y eso es exactamente lo que ocurre hoy en Áncash con el caso de Roberto Sánchez, candidato de Juntos por el Perú.
Los números son demasiado llamativos como para pasarlos por alto. Mientras el conteo rápido de Datum al 100% ubicaba a Roberto Sánchez en 11.8%, el avance de la ONPE al 92.598% le asigna 14.9%. Es decir, un salto de 3.1 puntos, muy superior al que registran los otros candidatos con votación competitiva. Keiko Fujimori pasa de 17.9% a 18.1%. Carlos Álvarez baja de 10.4% a 9.9%. Ricardo Belmont sube de 9.7% a 10.1%. Todos se mueven dentro de rangos relativamente consistentes. El único que rompe de forma clara ese patrón es Roberto Sánchez.
Ese es el punto central. No se trata de afirmar, a la ligera, que aquí hay una irregularidad. Sería irresponsable decirlo sin pruebas. Pero también sería irresponsable fingir que no hay nada raro. Porque sí lo hay: un comportamiento estadísticamente atípico respecto del resto de candidaturas relevantes en el mismo departamento.
La primera obligación frente a un dato así no es gritar fraude ni fabricar teorías. La primera obligación es exigir explicación. ¿De dónde provienen las actas que todavía faltan? ¿Corresponden a zonas en las que Juntos por el Perú tiene un voto excepcionalmente más alto? ¿Hubo una subrepresentación muestral en el conteo rápido? ¿Existe una concentración territorial tardía de ese voto? Todas esas preguntas son legítimas. Y ninguna debería ser descartada de antemano.
Lo preocupante sería que, en nombre de la corrección política o del miedo a incomodar, se pretenda clausurar el análisis. En democracia, la transparencia no solo sirve para confirmar resultados, sino también para disipar dudas razonables. Cuando un candidato exhibe un despegue tan poco alineado con el comportamiento general del conteo, lo mínimo que corresponde es observar con más detalle y pedir claridad.
Además, el caso no es neutro en términos políticos. Roberto Sánchez no es cualquier postulante: representa a un espacio de izquierda que ya genera resistencias importantes por sus antecedentes políticos y por su cercanía con sectores que han contribuido a la inestabilidad del país. Por eso, un salto tan singular en su votación no puede leerse solo como una curiosidad técnica. Tiene también un impacto sobre la confianza pública. Y en elecciones, la confianza vale tanto como el resultado mismo.
Hay una diferencia importante entre prudencia y pasividad. Prudencia es no acusar sin evidencia. Pasividad es no decir nada cuando los datos se salen del patrón. Hoy, en Áncash, lo que corresponde no es una sentencia anticipada, sino una vigilancia seria. Porque si al final todo tiene una explicación estadística o territorial razonable, mejor para todos. Pero si no se pregunta, si no se examina y si no se transparenta, lo único que crecerá será la sospecha.
El problema, en el fondo, no es solo el salto de Roberto Sánchez. El problema es la tentación de normalizar lo anómalo. Y eso, en una democracia ya fatigada, sería un error demasiado costoso.

